India

Recorremos el Valle de Markha en Ladakh


A pesar de parar en un pequeño campamento a comer y recuperar fuerzas, el descenso hasta Skyu se nos hizo eterno. Tras haber ascendido hasta 5.000 metros, fueron algo más de 13 kilómetros de un cañón que se fue estrechando más y más mientras perdíamos 1.500 metros de altitud y llegábamos al valle de Markha.



Más allá de las curiosas paredes de roca que nos marcaban el sendero, el paisaje no fue demasiado entretenido, y nuestra mirada se mantenía fija en aquellas crestas nevadas que señalaban el fondo del barranco y que a veces parecían alejarse.



El sol ya se encontraba tras ellas cuando llegamos a Skyu. Nos sorprendía la localización del pueblo, totalmente expuesto a cualquier torrente que en época de lluvias pudiese discurrir por aquí. Alguna edificación semienterrada en una profunda capa de sedimentos nos daba la razón.


Segunda noche de trekking: dormimos en Skyu

Llegados a nuestra nueva guesthouse, una pequeña casita local apostada sobre un establo, nos deshicimos de las mochilas y las botas entre suspiros de alivio, y buscamos un riachuelo cercano en el que asearnos. Mediante chais y partidas de backgammon en el salón amenizamos las horas previas a la cena, que la mujer de la casa preparaba junto a nosotros.



Dormimos como bebés aquella noche, sobresaltados un par de veces por estruondosos rebuznos del burrito que vivía abajo, y los despertadores nos desvelaron antes de que saliera el sol. Comenzábamos ese día a recorrer el valle de Markha, que daba nombre a nuestro trekking, y la de hoy, hasta la aldea de Markha, sería la etapa más larga.



A pesar de su longitud, recorrer este valle suponía poco esfuerzo ya que, aunque volvíamos a ganar altitud a medida que avanzábamos, el desnivel era muy progresivo. La mayor complicación de las dos siguientes jornadas sería superar puentes caídos o cruzar ríos poco profundos. Tras el trauma inicial, el agua fría les sentaba muy bien a nuestros pies.


Tercera noche de trekking: Markha

Durante la tarde de aquel tercer día alcanzamos el punto medio del valle, Markha, poblado formado por un puñado de casas humildes. Nos alojamos en una casa amplia algo alejada del resto de viviendas. El viento sopló con fuerza durante la noche y me contuvo de salir a sacar unas fotos.



Pudimos dormir un poco más de lo habitual porque la siguiente etapa sería la más corta, y curiosamente también una de las más bonitas paisajísticamente. Aquella mañana desayunamos acompañados por el abuelo de la familia mientras éste repasaba en silencio sus hojas de oraciones.



De camino a Hankar, nuestra próxima parada, el valle se hizo más visceral, y zonas amplias por las que el río discurría holgado se intercalaban con laderas más escarpadas y aristas puntiagudas.




Sobre algunas de esas estructuras naturales algún osado se había atrevido a edificar impresionantes templos. Las estupas y tiras de banderas guiaban hasta ellos por caminos que suponían una auténtica penitencia. Nosotros nos conformamos con observarlos desde abajo.



Unos cuantos meandros más adelante, la figura nevada del Kang Yatse se mostró por primera vez. Este imponente pico de 6.400 metros marcaba un extremo del valle de Markha. Antes de llegar a sus faldas, en la aldea de Hankar, terminaríamos la travesía de hoy. Las primeras casas de Hankar descansaban sobre una amplia campiña, no muy lejos del río, iluminadas por el sol.



A mí me habría gustado echarme sobre esta hierba y disfrutar las horas restantes de luz y calor, pudiendo ir a meter los pies al río de vez en cuando, y me enfurruñé cuando supe que Anil pretendía parar más arriba. Más arriba -deduje mirando las crestas de roca hacia las que nos dirigíamos- no habría ni río ni sol. Pero Anil tenía una buena razón: adelantar metros.


Cuarta noche de trekking: dormimos en Hankar

Así que hubo que hacer un último esfuerzo para llegar a Upper Hankar, donde una bonita perspectiva del Kang Yatse contrarrestó mi frustración. Una tarde más estuvimos rodeados únicamente por alguna campesina atareada, estupas adornadas con placas de pizarra repletas de grabados, y silencio, mucho silencio.


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Dabid

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