Bautismo de buceo en Koh Tao: mi primera vez bajo el agua
El barco que me llevaba hasta Koh Tao era de nuevo un catamarán de alta velocidad de Lomprayah, pero esta vez el viaje duraría un poco más, ya que la isla se encuentra a algo más de 50 kilómetros de Phangan.
Barco Lomprayah de Koh Phangan a Koh Tao: 500 THB

Koh Tao es pequeña comparada con sus hermanas del Golfo, Samui y Phangan. En tailandés significa “isla tortuga”. Está rodeada por pequeñas construcciones y cabañas pertenecientes a hoteles y resorts, pero también hay lugar para los mochileros.

De hecho, Koh Tao es un punto muy importante de encuentro para el viajero independiente, y mucho más significativo para el que quiere aprender a bucear. Se podría decir que esta isla es una de las capitales mundiales del buceo, y pasar por aquí sin probar sus profundidades es un delito.
Alojamiento mochilero en Koh Tao
En el embarcadero me recogió una furgoneta que me llevó hasta Ao Chalok Baan Kao, una preciosa bahía con algunos restaurantes, unos pocos resorts, escuelas de buceo y chiringuitos… Entonces llegué al que sería mi hostal durante mi breve estancia en la isla: Carabao Diving.

Estaba encantado con mi habitación, porque estaba bien cuidada, el baño era impoluto… y porque tenía el único balcón con vistas a la playa y toda la bahía.

Es entonces cuando conocí a los que, desde entonces, son grandes amigos: la gente de la escuela de buceo IHASIA. Es una empresa española en la que se puede hacer desde un sencillo bautizo de buceo hasta convertirte en un profesional con algo de tiempo.

Con el primero que hablé al llegar a aquel local en el borde de la playa fue con su gerente: Brujo. Un tío majísimo que, aunque nació en Madrid, vivió durante 10 años en Bilbao y -a mí me da la impresión- ¡se siente más vasco que otra cosa! De hecho, la Ikurriña ondea colgada de la fachada de IHASIA. Quedamos en vernos mañana para ¡inaugurarme en el buceo!
Atardecer y noche en Chalok Baan Kao
Di una vuelta por Chalok Baan Kao aprovechando que el sol se escondía y ofrecía unos colores preciosos.
Después de cenar en un restaurante de la playa, de vuelta en la habitación oí la musiquilla del chiringuito de abajo y allá que fui. Allí, en ese magnífico chiringuito de madera, construido sobre pilotes sobre la playa, descubrí una bebida bastante barata (70 bahts) llamada Night Dive. El caso es que hablando con multitud de viajeros y tomando una tras otra… la cosa se fue desmadrando.

Se acercaron tres canadienses muy majas que no paraban de pedir chupitos y tragos demoledores de mil tipos… Uno de los “taberneros” no paraba de insinuarme que ligara con ellas, y otro bajó a la playa a hacer malabares con fuego.

Por si aquello no fuera suficiente locura se pusieron a lanzar fuegos artificales desde la playa.

Night Dive, Night Dive, Night Dive… y los recuerdos se van difuminando. Seguí entablando conversación con mis nuevos amigos y sólo me acuerdo de la vez que tuve que bajar a todo correr a la arena para… bueno, para refrescarme. Luego volví al chiringuito, diciendo a todo el mundo “I’m okay!”.
La siguiente imagen que tengo es la de mí, tumbado boca arriba en el suelo entre el baño y la habitación a las tantas de la madrugada. Cuando saliera el sol había que ir a bucear. Buf…
Mi bautismo de buceo en Koh Tao
No bebáis antes de un día de buceo, es una imprudencia. Me reuní pronto con la gente de IHASIA, y después de rellenar una hoja con algunas preguntas de seguridad mis monitores Melo y Anna me ofrecieron un breve cursillo teórico. Una vez aprendidas varias reglas básicas fuimos a buscar los equipos al edificio de Carabao y un bote nos llevó a todos hasta el barco.

Bordeamos el sur de la isla hasta llegar a una preciosa bahía llamada Ao Leuk. Una costa con palmeras y cabañas, arenas blancas y agua turquesa cristalina nos distraía desde tierra. Éste era el lugar en el que me “bautizaría” en el buceo.

Antes de meternos en el agua me dieron pistas de las especies de animales submarinos que podíamos llegar a ver. Llegada la hora nos pusimos todo el equipo, chalecos, gafas, aletas y botella… y saltamos al agua del modo correcto. Lo primero que hicimos fue ir hacia la orilla para colocarnos de rodillas y aprender a “vivir” debajo del agua y practicar datos básicos. Durante este ejercicio pude imaginar por qué era tan necesario. Los primeros minutos respirando bajo el agua pueden provocar un gran impacto, y al principio es una sensación muy extraña que a algunos les puede sobrepasar.
Una vez visto que me desenvolvía bien fuimos avanzando hacia las profundidades y pronto nos encontramos con los corales y los peces de colores. Aquello era otro mundo, un mundo magnífico. La sensación era completamente nueva en la vida, así que la experiencia fue increíble, impagable. Maldije no quedarme más semanas en Koh Tao para seguir explorando los mares.
Es curioso lo rápido que pasa el tiempo bajo el agua. Cuando salimos a la superficie habría jurado que habían sido 20 minutos, pero me dijeron que habíamos estado cerca de una hora allí metidos. No lo creía. ¡Era como viajar en el tiempo!
Una vez en el barco tuve tiempo para comentar la experiencia, conocer a la gente y descansar un poco. De mientras, futuros dive masters practicaban bajo las aguas.

Tuve la oportunidad de subir a la parte superior del barco, y tumbarme a la sombra de una lona en una hamaca colgante improvisada. Con aquellos momentos sólo se sueña hasta que por suerte te toca vivirlos. Pobre del que osara quitarme de ahí…

El barco zarpó hacia Chalok y la inclinada luz del sol nos regaló unas preciosas siluetas de las costas de Koh Tao, esculpidas con las palmeras y los resorts de lujo que burlaban a la gravedad asomados sobre los acantilados. El día estaba a punto de acabar.

Gracias a Brujo, Anna, Melo y Xime, entre otros, por el genial tiempo en IHASIA.

Buscando tiburones en la Shark Bay de Koh Tao
En busca de experiencias en Koh Tao para mi último día en la isla, decidí ir a buscar tiburones de punta negra a la Shark Bay. El equipo de snorkel me lo dejaron mis amigos de IHASIA.

Así que recorrí por cuestas y caminos un pequeño tramo de la isla y después descendí unas empinadas escaleras rodeadas de bungalows hasta llegar a nivel del mar en esta preciosa bahía. Al fondo se veía la playa, pero yo había aparecido en unas redondeadas y blancas rocas bañadas por aguas transparentes.

No vi ningún tiburón, una pena, pero sí muchos peces de colores, corales y plantas extrañas… Intenté explorar zonas algo más profundas, justo al límite de la oscuridad del mar abierto que se abría a varios metros de mí, y seguí observando, siendo uno más de las criaturas que pululaban por allí.

Cuando las tripas comenzaron a gruñir era hora de buscar un lugar donde comer. Encontré un restaurante con piscina junto a la playa en el que por consumir te dejaban utilizarla.

Viaje en barco y tren de vuelta a Bangkok
El primer paso era volver al continente. Este barco nos llevaría hasta Chumphon, el punto medio entre Bangkok y Surat Thani desde el cual se suele acceder también a las islas del Golfo.

El barco no era un catamarán super-rápido de Lomprayah, y el viaje sería algo más lento. Aun así, en el piso superior encontré unos asientos muy cómodos que me harían el trayecto más llevadero. Pero la mayoría no estaban vacíos sin razón, ya que aquel piso superior se trataba de la “primera clase” y había que pagar un pequeño precio adicional.

Una vez en Chumphon, un songtaew nos recogió a la mayoría de los viajeros y nos llevó hasta la estación de tren de dicha localidad. Aún tendríamos que esperar allí unas horas. Para cuando subimos ya eran las nueve, las camas estaban hechas y no me quedó otra que irme directamente a dormir.
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