Visita a Tanah Lot y ¡a surfear en Bali!
Hoy era el último día en Bali de Ana y Alberto. A la tarde les esperaba un vuelo hacia Java. La última cena que pudimos disfrutar con ellos, el día anterior, la pasamos en un alborotado restaurante de Seminyak en el que australianos e ingleses se emocionaban con un partido de fútbol. Nosotros también degustaríamos las últimas mieles de la Isla de los Dioses, ya que mañana cogíamos un par de vuelos a Borneo. Pero antes teníamos pendiente uno de sus más famosos templos: Tanah Lot.
Visita en moto al templo Tanah Lot
De nuevo hicimos uso de nuestras motos, y pusimos rumbo a Pura Tanah Lot.

Como es costumbre en estas atracciones asiáticas, al monumento le preceden puestillos, tiendas y demás establecimientos donde los turistas pueden dejarse la pasta. No pudimos evitar entrar en la tienda que Quicksilver tiene aquí y llevarnos alguna camiseta.

Seguramente ya conoceréis esta estampa de Bali, especialmente famosa al atardecer, cuando miles de visitantes se aglomeran aquí para ver el sol caer tras el templo. Durante el día hay menos gente.

La tradición balinesa cuenta que de la roca de Tanah Lot emana una fuente de agua sagrada, agua dulce (aunque la roca esté en el mar es verdad que es dulce). Quien quiera puede acercarse a beber y a ser bendecido por varios monjes hindús. Tras beber, uno de ellos te bautiza sacudiendo unas gotas sobre tu cabeza, otro te coloca unos granos de arroz en la frente y el tercero una flor en la oreja. La cestita de las donaciones “voluntarias” está bien a la vista.


Deshicimos el camino hasta Kuta y comimos en uno de los warungs de su playa. Después… ¡SURF! Soy de una tierra famosa en el mundo por sus olas y sus surferos, pero nunca había tenido la oportunidad de practicarlo. Ahora me emociona la idea de decir que mi primera vez haciendo surf fue en Bali.
Aprendiendo a surfear en Kuta Bali
Unai sentía un fuerte dolor en el pie, puede que su herida de Gili se hubiera vuelto a infectar, así que decidió dejar el surf para otra ocasión. Así pues, Ana, Alberto y yo alquilamos tres tablas y la breve clase de un profesor local. Tras cinco minutos de instrucciones en la arena nos echamos al agua.

Se me dio mejor de lo que esperaba. Y aunque me pegué unos cuantos revolcones, un chino se chocó contra mí, y acabé con las rodillas en carne viva, conseguí coger unas cuantas olas. También acabé agotado.
Tras esta inesperada experiencia, tocó volver a pelear con el tráfico de la isla hasta llegar a nuestro hostal. Unai descubrió allí que tenía una piedra dentro de la herida y esa era la razón de su dolor. Ana y Alberto hicieron los últimos preparativos y compartimos la últimas palabras. Esperamos volver a verles algún día. ¡Gracias viajeros!

Si todo iba bien, mañana pisaríamos Borneo. Cosquillas en el estómago…
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