Filipinas

Preciosa ruta en moto alrededor de Siargao


Entrábamos en la recta final de nuestro tiempo en Siargao, y no podíamos irnos de ella sin explorar sus cuatro costados. La belleza de General Luna y sus alrededores daría para llenar una vida, pero quién sabe las maravillas que nos estarían esperando en lugares menos concurridos.


Además, como ya he relatado en anteriores publicaciones, nos encantaba conducir por estas carreteras y ver Siargao pasar a nuestros lados.


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Rumbo al norte de Siargao

Seguimos la carretera de circunvalación, hacia el oeste y luego hacia el norte, bajo unas nubes amenazantes que nos arrojaron unas cuantas gotas frías. Antes de llegar a Del Carmen, junto al aeropuerto, el cielo empezó a clarear.



Cada barrio que atravesábamos, o barangay, estaba adornado con banderines de colores, colocados para celebrar la festividad del pueblo. Según nos acercábamos al norte y llegaban las horas centrales del día, más y más gente aparecía de entre las humildes construcciones y se preparaba para disfrutar de música al aire libre o comidas populares.


Las playas de Alegria

Cuando llegamos a Alegria, el extremo norte de Siargao, nos desviamos por un camino de arena hasta la playa, bajo cuyas palmeras se amontonaban un sinfín de familias filipinas mientras los niños jugaban en la orilla inmunes a un sol que golpeaba sin compasión.



Alguna que otra tormenta venida desde el Pacífico rompía la norma y, para nuestra suerte, pasaba de largo frente a la isla.



No veíamos ninguna carendería a la vista, así que acabamos en la casa de un simpático matrimonio que nos dio de comer a cambio de unos cuantos pesos. Ahora comenzaríamos a bajar hacia el sur por una carretera que, pegada a la costa, nos volvería a dejar con la boca abierta.


La inmaculada costa este de Siargao

Paramos innumerables veces en playas largas, salvajes, repletas de cocoteros. Parecía que nunca nadie había llegado hasta este lugar, sólo algún solitario kubo nos recordaba lo contrario. Sinceramente, espero que nunca construyan nada aquí.



En ocasiones el ejército de altas y esbeltas palmeras flanqueaba la calzada y se extendía hacia el interior haciendo imposible ver más allá de sus dominios. Esta es la imagen que desde entonces me viene a la mente cada vez que pienso en Siargao.



Cuando la carretera salvaba un terreno elevado era el perfecto mirador. Dios, cómo iba a echar de menos esto.



Al cabo de un rato el paisaje se hizo más familiar. Pasamos junto a Magpupungko y recorrimos de nuevo el tramo de isla por el que habíamos conducido en días anteriores. Lo habría vuelto a hacer un millón de veces.


Pero ese millón de veces no podría ser. Esta era nuestra última noche en la isla, y a la mañana siguiente un avión nos alejaría de aquí contra nuestros más profundos deseos.


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Fotografía de Neda (Hiraia Pictures)

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