Subimos al mirador de Marina Bay Sands, el mejor de Singapur

Habíamos esperado muchos días para subir a las alturas de Singapur. Hasta entonces, o teníamos otros planes o el clima no era el adecuado para disfrutar de un atardecer desde el mirador de Marina Bay Sands. Cuando parecía que el cielo finalmente nos acompañaba, corrimos hacia la bahía para llegar antes de que el sol se pusiera.
Una vuelta a la bahía de Singapur

Una forma de llegar hasta Marina Bay es siguiendo el río Singapur desde Clarke Quay. Causa impresión la diferencia de altura y estilo entre las casas históricas que se reparten el espacio en la ribera y los enormes rascacielos del centro financiero.

Tras ellos, Marina Bay espera como un corazón hecho de aire que transmite oxígeno al resto de la ciudad. Allí me recibía siempre el Merlion, que ya os presenté anteriormente, y cuyo entorno continuaba tan solicitado por los visitantes como aquella noche.

Llegaba pronto a la altura del “durian gigante”, oficialmente el Auditorio de Esplanade, que se asemeja a esa maloliente fruta tropical (y que, por cierto, en el transporte público de Singapur está prohibida).

Una de las tardes los transeúntes nos sorprendíamos al encontrar a una familia de nutrias que nadaba y cazaba peces bajo nuestros pies, ajena al inhóspito paraje de cemento que se extendía a su alrededor. Resulta extraño ver a mamíferos como estos desarrollarse en un lugar tan… poco salvaje.

Me acercaba a la sombra de aquella mastodóntica construcción salida de una película de ciencia ficción cuando cruzaba el Helix Bridge, en cuyos miradores me paraba queriendo que la vista me impresionara con cada nueva perspectiva.

Al otro lado del puente, ya en la base del hotel, recomiendo subir al piso superior del centro comercial Marina Bay Sands. Esta superficie de madera no sólo hace las veces de balcón de cara a la bahía, sino que además conduce a una pasarela que, literalmente, atraviesa el gigantesco hall del hotel y convierte el interior del edificio en una obra de arte expuesta a todos. Al otro lado el camino continúa hasta los Gardens by the Bay.

Mirador de Marina Bay Sands
Cruzamos el gigantesco hall del Marina Bay Sands intimidados por su tamaño y la elegancia de alguno de sus huéspedes hasta alcanzar el acceso al ascensor que nos subiría hasta la última planta, la espectacular plataforma “flotante” que acapara las miradas de todos los visitantes a pie de calle.
Al contrario de lo que muchos creen, no se puede acceder a la piscina. Eso es una experiencia reservada a los clientes del hotel. Así que si quieres bañarte en ella, te tendrás que alojar aquí al menos una noche. El precio de una habitación en el Marina Bay Sands es algo que se escapa a mis posibilidades, pero para parejas, familias… quizás sea digno de hacer una vez en la vida.

Puedes consultar precios y reservar aquí
Sin ser huésped existe otra posibilidad al margen de la plataforma: el Cé La Vi Skybar. Pero desde él las vistas no son tan panorámicas y os podréis imaginar el precio de las consumiciones (y tiene cierto dresscode)… El acceso cuesta 20 SGD.

Alucinados por las proporciones épicas de las vistas que teníamos frente a nosotros, protegimos nuestro trozo de barandilla con uñas y dientes, y esperamos a que el sol fuera bajando. A cada minuto que pasaba, la ciudad se bañaba en un manto de un nuevo color.

Y luego llegó la noche y la ciudad comenzó a brillar con luz propia.


Aunque el skyline del centro tiene todo el protagonismo, al otro lado los Gardens by the Bay y sus árboles de metal se esfuerzan por llamar la atención con sus juegos de luces, pero se ven empequeñecidos por la altura.

Fantástica experiencia. Ahora tocaba volver a nivel de mar para decidir dónde cenaríamos… pero había un obstáculo que nos retrasaría. Las colas para bajar, con un único ascensor disponible, sí que daban vértigo.

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