Israel

Apartheid en Belén y Hebrón, nuestra incursión a Palestina

Sabíamos desde antes de aterrizar en Egipto, al comienzo del viaje, que al menos un día lo dedicaríamos para conocer un rincón de Palestina. No tuvimos claro cuál sería hasta que Lucas, el catalán que conocimos en Luxor, nos recomendó uno: Hebrón.

Cómo llegar de Jerusalén al muro en Belén

Para llegar a Palestina debíamos dirigirnos al paso fronterizo entre Israel y Belén, marcado por el infame muro gris. Para ello, temprano por la mañana, tras abastecernos en el desayuno buffet del Stay Inn, buscamos el autobús 234 en la HaNevi’im Terminal, frente a la Puerta de Damasco.

Autobús 234 a la frontera con Belén: 4,7 NIS


En pocos minutos divisamos el muro, una línea gris que se perdía en el horizonte. El 234 nos dejó frente al paso fronterizo.
Al otro lado, siguiendo el hormigón gris, se encontraba Belén. No íbamos a visitar la ciudad en sí misma, pero sí queríamos echarle un vistazo a los célebres grafitis del lado palestino del muro y encontrar, sobre todo, algunas de las pinturas de Banksy.



Apúntate a un tour por Belén en español pinchando aquí.

El lado palestino del muro de Israel

Llegamos entonces a una casa que el muro rodeaba por tres de sus lados. Lo que antaño fue una calle como cualquier otra, con sus comercios, sus niños jugando y su tráfico, ahora parecía una cárcel con paredes de 8 metros.



Allí tuvimos la oportunidad de charlar un rato con su dueña, Claire. Nos contaba, emocionada, lo desgarrador que había sido la construcción del muro, separándoles a ella y a su familia de vecinos, amigos, familiares que se habían quedado al otro lado y, en definitiva, de la posibilidad de llevar una vida normal. Tardaron pocos días en levantar la pared, según nos contaba. Sus hijos fueron al colegio una mañana y al volver la casa ya estaba separada de todo lo que hasta entonces habían conocido. Por sorprendente que suene, ni siquiera se les permite acceder a su propia azotea. Viven en una tumba a cielo abierto.



Claire, de fe cristiana, tuvo la «mala suerte» de vivir cerca de la Tumba de Raquel, que el Gobierno de Israel reconoció como suya. Su familia tiene aquí una guesthouse y una tienda de souvenirs que les permite seguir adelante. Yo me llevé un mapa de la Palestina ocupada.

Claire Anastas: Ubicación
La familia Anastas tiene un alojamiento llamado Anastas Walled-In


Tras despedirnos de Claire, seguimos el muro admirando los grafitis y divirtiéndonos con las creativas formas de burlarse, mediante el arte, de la separación y el odio.



Entonces nos topamos con una serie de negocios que aprovechaban el tirón mediático del artista Banksy. Allí, una joven dependienta de una tienda de souvenirs centrada en él nos encontró un conductor para visitar algunas de sus obras.


Visita a la zona ocupada de Hebrón

Nos dirigimos hacia la carretera principal de Belén y tomamos uno de los taxis-furgoneta naranjas en dirección Hebrón. Preguntar a algunos transeúntes nos sirvió de mucha ayuda.

Taxi de Belén a Hebrón: 9 NIS


El taxi nos dejó junto a un concurrido mercado callejero en el centro del municipio. Según las miradas curiosas de las que fuimos instantáneamente objetivo, no era muy habitual que los turistas vinieran por aquí.



En una pequeña oficina de turismo cercana nos hicimos con un callejero. De esta forma pudimos dirigirnos directamente hacia la colonia judía colocada en medio de la ciudad. Dentro de ella se encuentra la Tumba de Abraham, hecho que llevó al Estado de Israel a reclamar el área. Pero nuestro interés no residía en esa reliquia religiosa, sino en la realidad a pie de calle. Supimos que nos estábamos acercando cuando la vida local dio paso a negocios cerrados y callejuelas cubiertas por una verja de metal.



Los pocos comerciantes activos nos invitaban a entrar con persistencia, y alguno quiso contarnos la causa de su desesperación. «Desde que Israel puso la colonia, muchos se fueron. La presión es demasiado grande. Tuvieron que poner esta verja -señala hacia arriba- porque los colonos, cuyas ventanas dan a este lado, nos tiran basura, piedras e incluso orina



Unos metros más adelante llegamos al control militar para acceder a la parte ocupada del barrio. Mujeres, hombres y niños de todas las edades esperaban en fila para acceder a una parte de la ciudad por la que un día circularon libremente.



Los soldados apostados aquí fueron especialmente estrictos con nosotros. La tensión creció cuando examinaron el mapa de «la Palestina ocupada» que portaba. «¿Por qué tienes esto?». «Lo he comprado en Bethlehem» respondí. Con cada pregunta soberbia que realizaban mi nerviosismo aumentaba a la par que mi rabia. ¿Por qué tengo que darles explicaciones a estos matones? -pensaba. Y entonces apareció Ayman, un joven palestino que respondía a los soldados con el mismo tono desafiante que ellos. «Es un souvenir. Dejadles en paz» dijo mientras les arrebataba el mapa y antes de acompañarnos lejos del control.

«Los conozco a todos. Me han detenido muchas veces, pero no pueden hacer nada más». Ayman era un activista. Dedicaba su tiempo a luchar por la causa palestina y contra los abusos israelíes. Se ofreció a hacernos un pequeño tour gratuito para que -nos decía él- supiésemos la verdad y pudiésemos contarla fuera.



La colonia de Hebrón era un barrio muerto, sin vida. Familias y grupos de jóvenes judíos, muchos equipados con armas automáticas de gran calibre, recorrían sus desiertas calles, frente a los escaparates cerrados y los edificios vacíos. La mayoría de esas personas habían sido colocadas aquí por el Estado, pero nosotros no parábamos de preguntarnos: ¿Quién querría venir a vivir aquí? Sólo un fanático lo haría. La población autóctona, nos contaba Ayman, había cedido a la intimidación y -en muchas ocasiones- a la violencia. Habían preferido abandonar sus hogares que vivir con miedo.



En medio de una de nuestras charlas, un grupo de jóvenes judíos, que rondaría la veintena, pasó a nuestro lado examinándonos de arriba abajo con sonrisas burlonas. Ayman no tuvo reparos en increparles: «¿Qué miráis?». Los chavales, vestidos con pantalones negros, camisa blanca y la tradicional kipá, respondieron con acento estadounidense: «Miramos lo que nos da la gana. Estamos en nuestra casa».


Ayman dio dos pasos al frente. «Sois americanos. ¿Por qué venís aquí? Este era el hogar de otras personas antes». Los americanos se alinearon y respondieron con aún más prepotencia: «Venimos porque queremos y tenemos derecho». El tono de las palabras aumentaba y la distancia entre ellos disminuía, y en medio estábamos Unai y yo deseando que la situación no explotara. Un grupo de militares observaba desde un extremo de la calle. Al final, tuve que intervenir. «Ayman, no tenemos por qué presenciar esto. ¿Podemos seguir con la visita?». Así lo hicimos.



Los pocos palestinos que se habían quedado, como Ayman, tenían que soportar actitudes así todos los días, y ni siquiera tenían permitido acceder a ciertas partes del barrio. Ayman no pudo acompañarnos a la salida. «Por allí podéis salir directamente al centro, donde paran los taxis. Pero yo no puedo ir con vosotros» nos dijo señalándonos una calle ascendente tras un aparatoso convoy militar. Le dimos una propina y nos despedimos de él.


Algunos soldados intentaron pararnos al cruzar el convoy. «¿A dónde vais?» «A la salida, nos han dicho que por aquí se puede» «¿Qué llevas ahí?» preguntó uno señalando mi mapa enrollado. «Un souvenir». Mientras algunos de los militares nos pedían los pasaportes y mostraban arrogancia, otros nos trataron con amabilidad e instaron a los primeros a dejar de hacernos preguntas. «Podéis iros».


Regreso a Jerusalén

Tras comer un plato sin nombre en un pequeñísimo local del municipio, un taxi nos llevó de vuelta a Belén cuando ya atardecía. Allí nos encontramos con dos anglosajones que se alojaban en el mismo hostal de Jerusalén. Con ellos atravesamos el muro y volvimos a la Ciudad Santa en el bus 234.



Quise mantener mi juicio sobre Israel neutral hasta que al menos viera ciertas cosas… este tipo de cosas. Nadie defendería las acciones de este Estado tras conocer los inconvenientes que ha causado en la vida de tantos inocentes. Desplazados, marginados, detenidos… hasta muertos. ¿Con qué autoridad? ¿La de un libro sagrado? Dividir y odiar… para nada.

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