Alojamiento en Port Barton y la vida en el pueblo

Pasé mi última noche en El Nido, ya en solitario. Me despedí de la última compañía que me quedaba, un tímido gecko que vivía en el porche, y por la mañana me encaminé, rebosante de ganas, hasta la estación de furgonetas. Un alojamiento en la playa de Port Barton esperaba mi llegada.
Viaje en van de El Nido a Port Barton
Apenas recorríamos la sinuosa carretera que llega hasta este apartado pueblo, que yo ya hablaba conmigo mismo sobre lo que estaba a punto de encontrar: “Dabid, puede que estés yendo a un lugar especial”. Y una idea similar parecía dibujarse en forma de sonrisa en la cara de los demás.
Furgoneta de El Nido a Port Barton: 500 PHP

Port Barton ya es conocido por muchos, pero una vez llegado aquí da igual el número de gente que haya oído hablar de este pueblo, no hay rastro del turismo que nosotros conocemos. Por supuesto, hay hoteles y un par de bares turísticos a pie de playa, pero el resto de Port Barton parece permanecer impasible a la vorágine masificada a la que se encamina Palawan.


Aunque no es “obligatorio”, cuando se llega al pueblo uno debe registrarse y pagar la ya conocida tasa medioambiental con la que poder hacer los tours. Sí, en Port Barton también hay island hopping.
Port Barton Environmental Fee: 50 PHP
Alojamiento en la playa de Port Barton
Recorrí esos anchos caminos polvorientos en busca de un alojamiento, dejando atrás a los demás viajeros. La vida se desarrollaba con normalidad a mi alrededor, y si había más turistas estaban bien escondidos. Llegué a la playa y caminé por la arena hasta encontrar El Busero, un humilde alojamiento frente al mar en el que pasaría la primera noche.
El Busero (habitación doble): 600 PHP
– Supuestamente se puede negociar el precio. Yo lo intenté y no lo rebajaron.
– Cuenta con un restaurante y comida muy rica.
– La ubicación, en plena playa, es espectacular.

Allí fue donde, nada más llegar, una voz en castellano se dirigió hacia mí. “¿De Bilbao?”. “¡Sí! ¿Cómo lo sabes?” le pregunté asombrado. “Lo pone en tu camiseta”. Vaya 😂.
Resultaba no estar solo. Aun así, Port Barton no dejaba de hacerme sentir que había llegado al final del mundo.

Aquí sólo se palpa la tranquilidad. Aquella monotonía rural me era desconocida. Los alrededores son jungla, el mar y la risa traviesa de algún niño son lo único que se escucha por la noche. Y la electricidad es un lujo solamente concedido durante varias horas al día.

Por si Port Barton no me hubiera enamorado ya lo suficiente, el atardecer parecía querer decirme: “Así es. Mira dónde estás. ¡Mira!”

Nuevo día y nuevo alojamiento en Port Barton
Me despertaron los gallos a las 5 de la mañana. “Madre mía, qué pronto es… ¡Y qué calor hace! Estoy sudando. ¡Oh! El ventilador no está funcionando, claro, porque a estas horas no hay electricidad.”. Las sábanas se me pagaban al cuerpo y la luz del día empezaba a colarse por la ventana. Hora de levantarse. La estancia en El Busero era muy agradable, pero fui en busca de un alojamiento más económico.

Me encontré con White Hauz Inn y un dormitorio compartido de cuatro camas por la mitad de precio de lo que pagaba en El Busero. Genial.
White Hauz Inn (dormitorio compartido): 300 PHP
Mientras esperaba a que prepararan mi cama, me crucé con una pareja de viajeros que salían con sus pertenencias. Al intercambiar unas palabras el acento nos reveló que éramos hispanohablantes. Nolwen, de origen francés, hablaba castellano perfectamente y me contó que se encontraba enferma desde su paso por El Nido (vaya… eso me suena) y que necesitaba descansar en un hotel más cómodo. Roberto me propuso que me reuniera con ellos más tarde para hacer algún plan juntos.

Completado el trámite del alojamiento, me hice a las calles polvorientas de Port Barton. Los vehículos pasaban levantando una espesa nube ocre que los habitantes intentaban paliar mojando el camino. Los niños se divertían con lo que tenían, con juegos -probablemente- similares a los que hacían pasar el tiempo a nuestros padres.

Y Port Barton era, en algunos de sus rincones, esa civilización a base de nipa y paja que se diluye entre la vegetación, que parece brotar naturalmente del pálido suelo, porque el ladrillo y el hormigón de momento no hacen falta.


Escuché el rumor de unos cánticos. Seguí el rastro que las voces dejaban en el aire y descubrí la iglesia del pueblo, orgullosamente llena de los feligreses que tan fielmente expresaban su fe.


Los que no estaban en el templo probablemente estaban en el otro pilar de la sociedad filipina: la playa. Allí me dirigí esperando ver más estampas peculiares de la vida palaweña. Una serie de pescadores aburridos me miraron de arriba a abajo y me preguntaron si quería hacer tours, les respondí con un sonriente “De momento no”.


Y allí estaban las pequeñas personitas, chapoteando en el agua, jugando con la arena, balanceándose con las ramas de las palmeras… Llevaban toda la vida allí, pero parecía que acababan de descubrir la playa.


El día se pasó volando. Para cuando me di cuenta estaba en los jardines del hotel de Roberto y Nolwen, en primera línea de playa, mirando incansables al horizonte y esperando que el atardecer nos sorprendiera.

Siempre sorprende.


Para cenar tuvimos que recorrer las oscuras y relajantes calles del pueblo. Agudizando la vista para ver en la penumbra, cuando sólo ayudaban las luces de motos o restaurantes, sentí que el pueblo nos había acogido sin cuestionarnos lo más mínimo. No sé si Roberto y Nolwen estaban notando lo mismo, pero cenando allí en medio, sin nada que me recordara que Port Barton formaba parte del mismo mundo, creo que se me concedió el derecho de llamar a este pueblo… mi hogar.

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