Paddle surf en Gili Air, isla de disgustos, alegrías y despedidas
Los siguientes días en Gili Air los pasamos disfrutando de la tranquilidad y el fondo marino. Snorkel por la mañana, paddle surf por la tarde, cervezas por la noche… La primera mañana no pudimos ver tortugas a pesar de que las buscamos en el lugar que nos habían recomendado.

Paddle surf al atardecer en Gili Air
Aquella segunda tarde de nuestra estancia en Gili aprovechamos para hacer paddle surf. Alquilamos las tablas en la empresa de un chico español. Nos dio unas rápidas lecciones en tierra firme y nos dijo por dónde atravesar la barrera de coral para no sufrir el embate de las olas.

Nuestro objetivo era observar el atardecer desde el agua. Al principio todo fue genial. El paisaje era espectacular. A un lado la humilde costa de Gili Air, al otro lado la impresionante silueta de Lombok. Todo bañado por la rosácea luz del inminente atardecer. El agua brillaba con un azul verdoso adornado por numerosas torres de corales amarillos. Es entonces cuando nuestra pasividad hizo que nos acercáramos a las olas y que volcáramos. Perdí mi GoPro y nos abrimos la carne de los pies con los corales.

Me costó un infierno recorrer el camino de vuelta al hostal. Tenía un pequeño filete de piel rebanado en el dedo gordo, y alguna raja en el lateral del pie. La arena metida en las heridas hacía que cada paso fuera un suplicio. Durante la siguiente semana no paré de cojear, pero al menos no se me llegó a infectar.
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Cenamos en un restaurante que había dispuesto las mesas por toda la arena, casi en el agua (algunas olas te mojaban los pies). Intenté disfrutar del momento pero no dejaba de pensar en mi cámara, o mejor dicho, en los recuerdos que había dentro de ella.

Al día siguiente volví al mismo lugar. Estuvimos horas en el agua buscando la GoPro, sin suerte. Lo que me cabreó fue que por fin vi tortugas y no tenía con qué grabarlas. Incluso le pedí a un tío que andaba por ahí con su cámara que me mandara las imágenes al correo. El hombre, muy majo, me llevó hasta su bungalow y apuntó mi email. Pero como sabréis si habéis leído el citado post, al final no hizo falta, ya que varios chapuzones más tarde encontré mi GoPro debajo de un coral.

Para resarcirnos del fallido paddle surf de ayer, volvimos a probar suerte con él, y esta vez sí salió como tenía que salir. En esta ocasión nos mantuvimos alejados de las olas y pudimos disfrutar con tranquilidad la caída del sol.

Nos despedimos de Brenda
Al día siguiente Brenda iniciaría su camino hacia Sulawesi, por lo que ésta sí era la despedida definitiva. Nos conocimos en Yogyakarta y nuestra amistad fue creciendo con nuestros encuentros en Bromo, en Ubud, en Gili… Ahora me resulta difícil imaginarme este viaje sin ella. ¡Quién nos iba a decir que uno de los tesoros que encontraríamos en Indonesia sería de origen peruano!

Quisimos celebrarlo, así que tras la cena nos fuimos a tomar unas cervezas y acabamos algo borrachos. En la noche de Gili Air también hay hueco para la “fiesta” moderada, y la posibilidad de conocer a gente interesante. Recuerdo un agradable rato en uno de los chiringuitos, conversando en castellano con una chica francesa y su también novio francés de aspecto jamaicano con apellido vasco.

Brenda no era la única que mañana abandonaba Gili Air, Unai también ponía rumbo a Lombok para conocer en solitario a los Sasak. Yo me quedaría un día más en la isla.

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