Mi primer viaje comienza en Bangkok

Hacía ya varios años que vi la película La Playa, y aquel fue mi primer contacto con la figura icónica viajera y mochilera que significa Tailandia. Era un terreno extraño, misterioso y arriesgado para mí. Un país, otra cultura, otro mundo al otro lado del planeta, algo totalmente desconocido. Quién me iba a decir que a comienzos de 2012, por mi propia cuenta, organizaría mi primer viaje en solitario al País de la Sonrisa.

Sin la ayuda de Internet o de la guía Lonely Planet no hubiera sido nada fácil acometer esta aventura, y probablemente no lo hubiera conseguido. Así pues, con todas las herramientas necesarias, me puse manos a la obra para planear mi viaje a Tailandia. Entre épocas de clase y exámenes, tenía una ventana de 4 semanas aprox. para visitar aquella zona del Sureste Asiático. Al final, mi prioridad fue visitar el Golfo de Tailandia.
Llegada a Bangkok
El 7 de mayo tomé un avión en el aeropuerto de Loiu que me dejaría un par de horas en el Charles de Gaulle de Paris antes de comenzar un viaje de 12 horas aéreas hasta la capital Thai.

Llegué a Bangkok, la Puerta del Sudeste Asiático, y el calor tropical de Tailandia me dio de lleno. Me encontré con una ciudad enorme, hasta cierto punto caótica, y muy sensorial.
Tren express al centro de Bangkok
Utilicé el tren elevado (el BTS SkyTrain) para ir desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad, y nada más bajarme un hombre me condujo hasta una agencia de turismo donde quizás podría reservar los transportes y alojamientos de los próximos días.

Tras comprobar que el lugar era legítimo, le pedí al joven que me atendía que me reservara todo lo que me fuera a ser imprescindible en mi viaje y lo hizo en base al itinerario que yo había hecho en Bilbao. El chaval, muy amable, me aconsejó cambios y acortar ciertas visitas para poder tener tiempo para las demás cosas. Aunque todo salió bien, no he vuelto a viajar de esta forma, con todo reservado desde el comienzo.

Alojamiento mochilero en Bangkok
Cuando salí de allí incluso me ofreció un Tuk Tuk para llegar hasta mi hostal en Bangkok, el que yo había reservado desde Bilbao: NapPark Hostel. Se encontraba en Tani Road, una calle paralela -mucho más tranquila- a la archiconocida Khao San Road, el centro mochilero de Bangkok.

Este hostal fue una grata sorpresa. Limpio, con muy buen ambiente y moderno. Abajo tenía una sala común con cojines y colchonetas, donde se podía ver la tele o usar el ordenador. Para entrar en las habitaciones había que pasar la pulsera por un sensor que abría la puerta. Dentro estaban las camas con sus persianas separadoras, sus luces y enchufes individuales… las taquillas con candado…

La vida en Bangkok: templos, comida y ocio
Tenía un par días para disfrutar de Bangkok. Aunque es una ciudad que engancha, yo no soy nada urbanita y por aquel entonces el caos de las ciudades me agobiaba. Además, el calor de la época no facilitaba las cosas. Lo primero que me viene a la cabeza cuando recuerdo Bangkok -a parte del calor- es el olor. Olor a especias y a salsas exóticas.

Desorientado por las sensaciones que me transmitía Bangkok, no aproveché mi estancia como sí he podido hacer en viajes posteriores. Me limité a caminar por la zona de templos, visitar el buda reclinado del Wat Pho, pagar un carísimo paseo en barca (me estafaron) y cruzar el río al Wat Arun.


En mi visita al Wat Arun me encontré con cuatro vascos que había conocido en el aeropuerto de Loiu y que hicieron todo el viaje paralelamente a mí. ¡El mundo es un pañuelo!

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Tuve mis primeras experiencias con el regateo para comprar algún que otro souvenir y comprobé que comer en las calles de esta curiosa ciudad es muy muy barato. No pude dejar de probar el famoso y rico Pad Thai, un plato que creo saber es más turístico que tradicional.

Por la noche se podía disfrutar de una temperatura extraordinaria en la calle. Una de las noches fui a cenar con Mieke, holandesa, y Manuel, alemán, compañeros de hostel. Tras acabarnos los platos y descansar un poco el estómago, fuimos a hacernos un masaje de pies realmente satisfactorio. Tumbados en hamacas casi en medio de la calle, cuatro tailandeses nos masajearon pies y piernas sin miedo a retorcer los dedos o hacernos crujir los huesos.

A pesar de los aislados momentos de disfrute, como veis, me sentía pez fuera del agua. Hacía menos de 48 horas que había salido de Europa por primera vez en mi vida. ¿Me iría acostumbrando a este nuevo mundo?
Diario siguiente: Playas de Railay. Bienvenidos a la Tailandia de Andamán