agosto 04, 2018

Baño en Magpupungko, las piscinas naturales de Siargao

La primera vez que nos despegamos de la costa y nos adentramos en los campos interiores de Siargao fue, redundantemente, para llegar a otra costa. Pero ésta no sería de playas de arena fina y aguas tranquilas, aquí el Pacífico desatado golpearía rocas ásperas y crearía formas que contribuirían a nuestra diversión. Hablo de Magpupungko.

Un par de miradas al mapa y la intuición nos bastaron para saber hacia dónde debíamos dirigirnos. El problema es que Siargao es tan bella que tardaríamos más de lo planeado. Era imposible resistirse a las ganas de parar la moto a un lado de la carretera y contemplar con detenimiento estos paisajes.

Del verde intenso de la hierba brotaban por todas partes cocoteros que invadían a capricho las llanuras y colinas de la isla hasta allí donde los ojos no alcanzaban a ver.


Pero aún a lomos de la moto nos asombrábamos tras cada curva, ante un escenario de estereotípico paraíso que la carretera atravesaba con audacia. No puede haber viaje sobre asfalto más bello.


En Magpupungko las hordas de familias y visitantes nos recordaron que era día festivo en Filipinas. No podríamos sacarnos esas fotos solitarias e idílicas de las que se presume en las redes, pero tras atravesar campos despoblados era agradable escuchar las risas y los chapuzones de los niños, que saltaban desde las estructuras rocosas a las pozas que el mar había dejado tras la marea alta.

Acceso a Magpupungko: 50 PHP 0,94 €

Cambio: PHP 53 = 1€ (aprox.)

Parking: 20 PHP 0,37 €

Cambio: PHP 53 = 1€ (aprox.)


Si queríamos cambiar el ambiente alegre y familiar por algo más solemne y silencioso, donde el único ruido que se escuchara fuera el de las olas rompiendo con fiereza, tan sólo había que caminar un poco más, e incluso encontraríamos alguna de estas piscinas naturales para nosotros solos.


Tras los pedestales de roca y las lagunas azules, una de esas playas que sólo el Pacífico puede tallar esperaba varada a la llegada del agua con la próxima pleamar.


Aquí el océano llegaba hasta nosotros sin filtros, sin la suavidad proporcianada por un lejano arrecife de coral. Las olas se levantaban y caían con brusquedad a pocos centímetros del suelo rugoso que pisábamos. El agua no nos llegaba a los tobillos, pero un par de pasos más allá... abismo azul oscuro. El lugar no tardaría en quedar inundado de nuevo.


Sinceramente, estábamos deseando repetir el camino de vuelta a General Luna. Esta isla daba un nuevo sentido literal a la filosofía sobre disfrutar el viaje por encima del destino.


Cada trayecto por Siargao era una pequeña aventura de descubrimiento de luces, miradas, reflejos... que terminaron por enamorarnos de la isla en su conjunto.



Estábamos cansados, pero cuando el sol se fue ocultando y pintó nuevas formas y siluetas, ambos deseamos que esta carretera no acabara nunca. Hoy tocaba descansar, pero queríamos más.

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