marzo 18, 2018

Siquijor, la isla que me embrujó

La ventana del dormitorio que había junto a mí se pasaba toda la noche abierta, lo que me obligaba a colocar la mosquitera pero me permitía escuchar las suaves idas y venidas del agua desembocando en la orilla. Era un susurro, la mejor nana del mundo.

Giro la cabeza con las primeras luces del día y mi mirada se topa con el calmado mar del sur de Siquijor. Lo tengo ahí debajo y parece que vuelo sobre él. Es un enorme espejo que se fusiona con el cielo y se traga al horizonte, y da la sensación de que la isla flota en su propio universo.


Es verdad, mientras uno está en Siquijor parece que lo de fuera no importa, que más allá de estas costas todo deja de existir, y que el pasado o los planes futuros se encuentran lejanos, fuera del alcance de una mente ensimismada con el presente sencillo y tranquilo de esta isla. Estoy hipnotizado.

Es uno de esos días ya familiares recorriendo la isla en mi moto, pero algo empapa el aire. ¿O quizás soy yo? Pasan a mi lado casas siniestras que me hacen detenerme. Son viejas y están abandonadas, pero sus pilares torcidos y sus ventanas desencajadas las hacen bailar. Se mueven inapreciable pero constantemente y vuelvo a mi moto antes de que me inviten a entrar.


La luz vuelve con los amables y extensos campos verdes cosechados. Pero estos también están vivos, y ondulan al unísono incitados por la brisa como si me saludaran. Las briznas sisean y hablan entre ellas. No soy capaz de entender lo que dicen...


...Quizás los que les dediquen vidas enteras entiendan su lenguaje.


Todos los caminos de Siquijor conducen a la centenaria iglesia de madera de San Isidro Labrador, o al menos el que rodea la isla lo hace, y la parroquia se convierte no sólo en guía espiritual, sino también geográfica.


Unos imponentes árboles extienden sus ramas avariciosamente para ser dueños del cielo y proteger a la Virgen que tiene este lugar como hogar. Estatuas de ojos negros, ofrendas en fuego y símbolos de origen pagano aportan un tono tétrico que crea intranquilidad. En esta isla la religiosidad se profesa con influencias de origen oscuro y misterioso que la hacen única. Puede que sea la fuente de eso que noto en el aire...


Me encuentro un claro ejemplo de esta rara combinación en la Iglesia de Nuestra Señora de la Divina Providencia, en Población Sur. Entro sigiloso, respetando el rezo de los pocos locales que hay en su interior, y de pronto un escalofrío me recorre la nuca. Me recibe la perturbadora figura de Santa Rita de Cascia, con sus ojos tristes, vidriosos, muertos pero vitales. En una mano sostiene un crucifijo, en la otra una calavera. No consigo aguantar el contacto visual con su mirada.


Vuelvo a sentir alivio cuando me da el sol en la cara, parece que es la forma más eficaz de deshacerme de esa magia mística que emana de estos lugares sagrados. Aunque a veces la arrastra el aire e inunda las carreteras en forma de espesas nubes de humo que dan apariencia blanca al viento.


No ha pasado desapercibida a mis oídos la existencia de hechiceros y brujas que, en las montañas del interior de la isla y a cambio de unos cuantos pesos, ofrecen tratamientos curativos a creyentes y escépticos turistas por igual. La mera curiosidad me había llevado a intuir sus guaridas en un mapa días atrás, y cuando Alba y Mireya me comentan en Casa Miranda que quieren ir en su busca me ofrezco a guiarlas y acompañarlas en esta curiosa experiencia.

Ascendemos por empinadas carreteras hacia San Antonio, una población en lo alto de Siquijor, y lo único que nos indica que hemos alcanzado nuestro destino son unas precarias fachadas de madera vieja y una destartalada iglesia. Sin duda, debe ser aquí.


Algunas caras tímidas se asoman tras ciertas esquinas para mirarnos con curiosidad. Otras son más confiadas y ante nuestra duda nos conducen decididas a la casa de un supuesto brujo. Se nos invita a entrar con hospitalidad y, una a una, las chicas se sientan en medio de la estancia, bajo un rayo de luz que se cuela por el techo, a la espera de que el curandero inicie su rito.


Moja sus manos con un ungüento de hierbas con el que aplica su masaje, y lo combina con aspavientos en el aire y silenciosos hechizos conjurados con palabras que no alcanzamos a escuchar. Con magia o sin ella, Alba sale renovada.

No es de extrañar que gran parte de la población filipina vea a Siquijor como algo temible, a lo que es mejor no acercarse. El desconocimiento infunde miedo, y es cierto que parte de la personalidad de esta isla tiene suficientes ingredientes para asustar a los más susceptibles. Pero venga de dónde venga, y sea lo que sea esa brujería que alimenta la isla, puedo decir que no es nada que se deba temer.


El sol cae ya frente a Casa Miranda y una hoguera en la playa quema los últimos encantamientos del día, esos que he intuido en el aire durante toda la jornada. Ahora los veo claros, tienen color de atardecer. Con la noche la magia toma otras formas, y algunas son capaces de mirarte directamente a los ojos. Cuidado con su angélica apariencia, puede que, como esta isla, te embrujen para siempre.


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