diciembre 26, 2017

Entre cielos estrellados y plancton luminiscente hay una isla... Kapas


Normalmente me despertaba el sonido estridente que producía un zorro volador alojado en una de las palmeras que teníamos sobre nuestras cabezas. Aquel murciélago era nuestro gallo particular. A diferencia de las cenas y los almuerzos, el restaurante estaba casi desierto y desayunaba casi en soledad... hasta que una voz me llamó por mi nombre. Era Elton, el viajero que conocí en Kuala Lumpur y después me encontré en Penang. Nos haríamos compañía durante el resto de nuestra estancia en Kapas.

Le propuse ir a explorar aquella zona de costa aparentemente inaccesible en la que creía que se ocultaba algo prometedor, y por enésima vez recorrí estas playas sin dejar de asombrarme por su belleza.



Cuando las pasarelas y la arena se acabaron tocó afrontar el último tramo de rocas. Hubiera sido fácil superarlas si no fuera porque durante la mayor parte de mi tiempo en Kapas mis pies estuvieron descalzos. Había que sufrir o evitarlas a nado, pero con mi cámara en la bolsa ésa no era una opción. Elegí el sufrimiento, pero mereció la pena.


Resulta que tras este muro natural Kapas guardaba este pequeño tesoro.


Por supuesto, volví aquí todas las veces que pude. A veces nadando, a veces equipado con mis chancletas... Sobraban las razones. Y es que parte del atractivo de estas dos últimas playas también está bajo la superficie, donde miles de anémonas, peces payaso y granjas de corales esperan a ser explorados.



Cuando hice snorkel fui suficientemente listo como para dejar la cámara de fotos en casa y traer sólo la cartera envuelta en varias bolsas de plástico. Efectivamente, mi bolsa impermeable no era estanca. Así lucía esta preciosa playa cuando me giré para verla por última vez:


Era habitual que por las tardes se formasen tormentas sobre el continente que a lo largo del ocaso avanzaban hacia la isla, a veces iluminando el cielo con rayos por la noche, como os enseñé en la anterior entrada. Pero cuando esto no ocurría, o una vez disipadas las nubes, a mí me esperaban otros espectáculos nocturnos. Me alejaba varias playas del poblado, allá donde no hubiese ni gente ni luz, y disfrutaba de un impresionante cielo estrellado que pude fotografiar en varias ocasiones.


Pero a mis pies, en la orilla, otro tipo de luz estaba preparado para alucinarme: plancton bioluminiscente. Aunque no en grandes cantidades, al agitar el agua decenas de puntitos de luz azul salían disparados en todas direcciones. Es algo que ya pude presenciar en Indonesia pero que jamás me cansaré de ver. Mágico. Una noche, me llevé a Elton y a una pareja de españoles a presenciarlo. Creo que el plan les encantó.


Y así, sin que me diese tiempo a pestañear, entre estrellas luminosas en el cielo y estrellas luminosas en el mar, los días en Kapas llegaron a su fin y de pronto me acordé del mundo exterior. La aventura en Asia estaba a punto de acabar.

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