noviembre 11, 2017

Un día en la vida de Port Barton

Me despiertan los gallos a eso de las 5 de la mañana. Madre mía, qué pronto es... ¡Y qué calor hace! Estoy sudando. ¡Oh! El ventilador no está funcionando, claro, porque a estas horas no hay electricidad. A ver si consigo dormir un poco más...

Las sábanas se pegan al cuerpo y la luz del día empieza a colarse por la ventana. Me da igual que sea pronto, es hora de levantarse. La estancia en El Busero es muy agradable, pero estoy pagando por una habitación doble para mí solo, así que antes de empezar a disfrutar de la jornada voy a buscar otro alojamiento.


Me encuentro con White Hauz Inn y un dormitorio compartido de cuatro camas por la mitad de precio de lo que pagaba en El Busero. Genial.

White Hauz Inn (dormitorio compartido): 300 PHP 5,6 €

Cambio: PHP 53 = 1€ (aprox.)
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Mientras espero a que preparen mi cama, me cruzo con una pareja de viajeros que cargan sus pertenencias, Nolwen y Roberto, y al intercambiar unas palabras el acento nos indica que somos hispanohablantes. Nolwen, de origen francés, habla castellano perfectamente y me cuenta que se encuentra enferma desde su paso por El Nido (vaya... eso me suena) y que necesita descansar en un hotel más cómodo. Roberto me propone que me reúna con ellos más tarde para hacer algún plan juntos. Encantado.

Completado el trámite del alojamiento, me hago a las calles polvorientas de Port Barton, donde la rutina se desarrolla ajena a mi presencia. Los vehículos pasan levantando una espesa nube ocre que los habitantes intentan paliar mojando el camino.

Los niños se divierten con lo que tienen, con juegos -probablemente- similares a los que hacían pasar el tiempo a nuestros padres.


Y Port Barton es, en algunos de sus rincones, esa civilización a base de nipa y paja que se diluye entre la vegetación, que parece brotar naturalmente del pálido suelo, porque el ladrillo y el hormigón de momento no hacen falta.


Escucho el rumor de unos cánticos. Sigo el rastro que las voces dejan en el aire y descubro la iglesia del pueblo, orgullosamente llena de los feligreses que tan fielmente expresan su fe. Hago un par de fotos silenciosas para no interrumpir su celebración.


Los que no están en el templo probablemente estén en el otro pilar de la sociedad filipina, la playa. Allí me dirijo esperando ver más estampas peculiares de la vida palaweña. Una serie de aburridos pescadores me miran de arriba a abajo y me preguntan si quiero hacer tours (como cada vez que paso por allí), les respondo con un sonriente "De momento no".


Y allí están las pequeñas personitas, chapoteando en el agua, jugando con la arena, balanceándose con las ramas de las palmeras... Llevan toda la vida allí, pero pareciera que acaban de descubrir la playa. Sus caras risueñas parecen indicar que solamente necesitan el mar que baña estas orillas para ser felices por un momento.


Es extraño, el día se ha pasado volando. Para cuando me doy cuenta estoy en los jardines del hotel de Roberto y Nolwen, en primera línea de playa, y miramos incansables al horizonte esperando que el atardecer nos sorprenda.


Siempre sorprende.


Para cenar tenemos que recorrer las oscuras, pero tremendamente relajantes, calles del pueblo. Agudizando la vista para ver en la penumbra, cuando sólo ayudan las luces de algunas motos o de los restaurantes, siento que el pueblo nos ha acogido sin cuestionarnos lo más mínimo. Por momentos me siento parte de él, como si me conociera de toda la vida. Es una cálida sensación que sólo se suele tener cuando estás en casa. No sé si Roberto y Nolwen están notando lo mismo, pero cenando allí en medio, sin nada que me recuerde que Port Barton forma parte del mismo mundo, creo que se me concede el derecho de llamar a este pueblo... mi hogar.


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