septiembre 08, 2017

Ingresado en Filipinas, o la importancia de viajar con seguro


Cuando se inicia un viaje de estas características es inevitable que se te pase por la cabeza "¿Y si me pongo malo?". Es una posibilidad que, estando tan lejos de casa, da bastante miedo. Lo pensé antes de este viaje, durante cuatro meses en el Sudeste sería muy raro que algo no me pasara...

Tras desmayarme, recuperé ligeramente la visión y vi a Neda, asustada, zarandeándome mientras repetía mi nombre. Entonces me di cuenta de lo que acababa de pasar. Estaba aterrorizado. ¿Por qué? ¿Qué tengo? Me las arreglé para tumbarme en la cama, aún con la vista fundiéndose a negro al mínimo esfuerzo, y descubrí que incluso me costaba hablar. Mi mochila. Carpeta azul. Hojas del seguro. Le dije a Neda como intentando ahorrar todas las palabras posibles.

Como ya os he comentado, yo viajo con el seguro de viajes de IATI, y ante tal acontecimiento era la hora de dejar mi salud en sus manos. Le pedí a Neda que les llamara y siguiera sus instrucciones.

Mientras, yo miraba al techo, sin mover un dedo, rebosante de miedo. Era la incertidumbre lo que me estaba matando. El no saber. ¿Qué es lo que tenía? ¿Acaso no era una simple gastroenteritis? Nunca antes me había desmayado, ¿por qué aquí y ahora?

Me sentí tan perdido, tan desamparado al otro lado del mundo con un cuerpo que no me respondía... La debilidad, el desconocimiento y la distancia a mi hogar me transmitieron la peor de la sensaciones: quiero que esto se acabe, quiero estar en casa.

El saldo del móvil de Neda se acabó a media conversación. Le había dado tiempo a contar quién era yo y lo que me pasaba, pero no teníamos forma de volver a contactar con ellos. Empecé a cavilar. Inicialmente pensé en alguien que viviera en Filipinas y hablara castellano, al que pudiera hablar por Whatsapp. Pensé en Iñigo, dueño de Pata Negra Diving en Panglao y al que conocía gracias al grupo Mochileros en Filipinas. Debo agradecerle que me atendiera a esas horas de la noche, y de paso disculparme. Pero mientras esperaba la respuesta de Iñigo había abierto otra vía, la de mi mejor amigo Rubén, que debía estar saliendo de trabajar en Bilbao. Rubén pudo llamar al seguro, darles mi referencia y mi número de teléfono y pedirles que me llamaran. Así lo hicieron durante el resto de la noche, llamarme ellos a mí.

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Las gestiones en un sitio tan pequeño y precario como El Nido son muy difíciles, más incluso de madrugada, y tardaron varias horas. Por fortuna, tras tumbarme en la cama y tomar líquidos minerales de manera gradual, me fui sintiendo mejor y se lo transmití a IATI. Podía esperar unas horas y quizás moverme por mi cuenta con la ayuda de Neda. Así que concertaron una cita para mí en una clínica del pueblo, y a cierta hora de la mañana un triciclo vino a recogernos.

La clínica... bueno. La clínica era una casa familiar con una pequeña consulta y una parte superior donde se encontraban la habitación y las camas. Las paredes eran de nipa, había gallinas danzando por los alrededores... Pero el trato fue genial. No me puedo quejar de nada.
El Dr. Reyes vino enseguida, me hizo unas preguntas, me midieron la tensión... Y dedujo que no había síntomas de Dengue o similares. Lo más probable es que hubiera entrado en contacto con alguna bacteria propia de aguas infectadas. Las reservas de agua dulce de El Nido a menudo se contaminan con el desbordamiento de los pozos fecales, y esto da lugar a que E. coli y otras dancen a sus anchas. El mío no era un caso aislado. La gastroenteritis aquí es una epidemia. El 50% de los viajeros que conocí habían caído enfermos en El Nido.

El Dr. Reyes, para mi alivio, me comunicó que lo que había sufrido era una deshidratación severa. Esto lo habría evitado si hubiera bebido líquidos de forma suave pero constante durante el día anterior. Ahora la solución más rápida era ponerme tres botellas de suero intravenoso. El Dr. me puso la vía de forma rápida y limpia, rodeados por coloridas sábanas.

Y así transcurrió el día, tumbado en una de aquellas camas, yendo cada dos por tres a orinar, cambiando la botella entre sueño y sueño, escuchando las gallinas, viendo los haces de luz atravesando las tiras de madera de la pared... Cuando las energías comenzaron a volver, me di cuenta de que me encontraba a gusto, y sentí un gran agradecimiento hacia las personas que me estaban cuidando.


Al final de la jornada, cuando "me dieron el alta", pasamos por la consulta en el piso de abajo, y vimos cómo la enfermera curaba unas espantosas heridas a dos viajeros que se habían caído con la moto. La chica temblaba de dolor, y pensé que yo tenía suerte.

El Dr. Reyes me entregó una bolsa llena de distintos medicamentos, Loperamida, antibiótico, sales minerales, paracetamol... Todo lo cubrió el seguro así que no tuvimos que sacar la cartera en ningún momento. Me dijo que podía volver a ponerme más suero en las siguientes horas si me seguía encontrando débil, pero no hizo falta. Nos despedimos de ellos afectuosamente... ¡y el viaje prosiguió!
Gracias a Neda, Iñigo, Rubén, Dr. Reyes y las dos enfermeras.


Yo, frente a la entrada de la clínica, varios días después

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4 comentarios:

  1. Se pasa mal e! Yo tmb me puse Malo però en moalboal,con fiebre e infeccion en el oido però por suerte unas pastís k compre en el Mercado negro me curaron en un par de dias,no llegue a usar el seguro,no fue tan fuerte como lo tuyo! Hoy lo recordaràs como una buena experiencia O al menos asi lo recuerdo yo!its morè fun in the philipines!

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    1. Hola viajero. Me alegro de que lo tuyo no fuera a más. Como bien dices, una vez que acaba bien queda en el recuerdo como una curiosa anécdota. Un saludo y a seguir! ;)

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    2. Buah! Menuda experiencia, que tranquilidad contarla como una anécdota... en unos días salgo para India y el tema del seguro (también Iati) fundamental...
      Un saludo.

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    3. Esperemos que no tengas que utilizarlo en ningún momento. Buen viaje Miguel! Te sigo en la red. A disfrutar ;) Un saludo

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