septiembre 16, 2016

La elegancia de Trondheim, y primera noche de acampada libre

Tras aprovechar la mañana visitando Røros, seguimos conduciendo hacia el que sería el punto más septentrional de nuestro viaje: Trondheim. Nos detuvimos en un área de descanso a pocos kilómetros de la ciudad para comer (y hacer uso de los impolutos baños de la gasolinera, apuntadlo), y charlamos durante unos minutos con un par de jóvenes españoles que estaban haciendo un road trip similar al nuestro.
No esperábamos mucho de esta ciudad, pero nos sorprendió lo tranquila y elegante que era, y el impecable día que hacía ayudó a que diéramos una vuelta muy agradable por la localidad. En primer lugar nos dirigimos a la oficina de turismo, un espacio muy amigable con WiFi gratuito, sofás... Y nos entregaron un mapa con algunas señales de lo que no nos podíamos perder. La catedral de Nidaros fue nuestro primer destino.

Parking en Trondheim
2 horas: 59 NOK 6,34 €

Cambio: 9,3 NOK = 1€ (aprox.)

Su nombre es catedral de Nidaros porque así se llamaba la ciudad en la Edad Media, y se trata de la segunda iglesia más grande de los países nórdicos. Se permite acceder a gran parte de la catedral de forma gratuita, y os lo recomiendo porque es un edificio gótico realmente bonito.



Seguimos las calles hacia el Este, hacia el casco viejo de la ciudad, y pronto nos encontramos con el "puente viejo", un pintoresco puente de madera (de madera como todo en esta zona de Trondheim) que atraviesa el río Nidelva y desde el que se puede contemplar el turístico bryggen de Trondheim, los edificios construidos casi sobre el agua. Antaño eran almacenes comerciales, pero hoy albergan viviendas o comercios. Nada más pasar el puente, a la izquierda, encontraréis Nedre Bakklandet, una bonita calle en la que se concentran muchos cafés, restaurantes y galerías de la ciudad.



Si seguís de frente veréis una empinada calle con un curioso aparato mecánico en el borde de su acera. Es un ascensor para ciclistas y es el único en el mundo. No tuvimos la oportunidad de ver cómo funcionaba, pero para eso está youtube. Puedes verlo pinchando aquí.

Nosotros no pudimos utilizarlo para subir la cuesta, así que lo hicimos a pie. La calle llega tras unos cinco minutos de ascensión al Fuerte de Kristiansten, construido en el siglo XVII y con excelentes vistas panorámicas de la ciudad. Con un día como el que tuvimos, disfrutar de aquellas vistas fue un placer.


Para regresar al centro descendimos de la colina por la vertiente que da al puerto y fuimos a parar al puente nuevo. Ya sólo nos quedó recorrer las sobrias y amplias calles del "downtown", atravesar la concurrida plaza central, un centro comercial y de vuelta al parking. No nos quedaríamos en los alrededores a dormir, así que decidimos agarrar la carretera y avanzar todo lo que pudiésemos antes de que llegara la hora de cenar.

Seguimos la carretera del Norte, dirección Ålesund, y pronto la civilización dejó paso a los bosques y a los valles desiertos. Era un paisaje realmente bonito, pero en medio de todo aquel panorama salvaje nos golpeó una realidad: nos quedábamos sin gasolina. No somos religiosos pero creo que rezábamos por que apareciera un simbolito de gasolinera en el GPS del coche. Cuando ya nos estábamos poniendo en lo peor... apareció. Era una destartalada gasolinera automática en medio de la nada, pero sirvió para que no nos quedáramos allí tirados. ¡Fiu!


En Valsøytunet llegamos a un camping construido en una isla por la que pasaba la carretera y vimos que a su lado, justo en la entrada, había un área de césped con mesas y cerca unos baños públicos. Alguien ya había colocado su tienda aquí. Nos pareció un poco descarado acampar pegados a la entrada de un camping, en un terreno aparentemente mejor que el del propio camping... Pero esto es Noruega amigos.


El entorno era espectacular y los baños estaban más limpios que los de un hotel, así que no lo dudamos mucho, allí pasaríamos esa noche.
Conocimos al dueño de aquella tienda, se llamaba Mantas y era un motero de Lituania recorriendo Europa desde Dublín hasta Cabo Norte. Conversando con él se encontraban Pavel y Patryk, padre e hijo polacos que viajaban (y vivían) a bordo de su Volkswagen familiar. El buen rollo fluyó y acabamos cenando todos juntos. Lo que no sabíamos en ese momento era que, mientras Mantas seguiría hacia el Norte, Pavel y Patryk tenían un itinerario similar al nuestro y acabaríamos compartiendo con ellos la mitad de nuestra travesía por Noruega.


Por si fuera poco, el reflejo del sol en las nubes y un arcoiris pusieron la guinda a un paisaje precioso cuando ya eran casi las 12 de la noche.




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