enero 24, 2016

Gili Air, isla de disgustos, alegrías y despedidas

Los siguientes días en Gili Air los pasamos disfrutando de la tranquilidad y el fondo marino. Snorkel por la mañana, cervezas por la noche... La primera mañana no pudimos ver tortugas a pesar de que las buscamos en el lugar que nos habían recomendado, pero aún así nos dejamos llevar por la corriente a lo largo del arrecife y vimos formaciones coralinas y peces de colores realmente bonitos.




Unai probó por primera vez el submarinismo. Yo ya hice mi bautizo de buceo en Koh Tao, y la próxima vez que bucee quiero que sea para obtener un certificado. Así que de momento me contenté con el snorkel.

Aquella segunda tarde de nuestra estancia en Gili aprovechamos para hacer paddle surf. Alquilamos las tablas en la empresa de un chico español. Aunque normalmente dirige a los grupos y los guía en la excursión, a nosotros nos dejó ir solos. Nos dio unas rápidas lecciones en tierra firme y nos dijo por dónde atravesar la barrera de coral para no sufrir el embate de las olas.



Nuestro objetivo era observar el atardecer desde el agua. Al principio todo fue genial. Intentábamos colocarnos de pie sobre las tablas (con las consiguientes caídas y risas). El paisaje era espectacular. A un lado la humilde costa de Gili Air, al otro lado la impresionante silueta de Lombok. Todo bañado por la rosácea luz del inminente atardecer. El agua brillaba con un azul verdoso adornado por numerosas torres de corales amarillos. Sólo nos quedaba esperar a que el sol cayera. Es entonces cuando nuestra pasividad hizo que nos acercáramos a las olas y que volcáramos. Perdí mi GoPro y nos abrimos la carne de los pies con los corales. Os lo cuento más a fondo aquí:

Post: Historia imposible de una GoPro en el mar

Salimos como pudimos del agua y doloridos entregamos las tablas. Me costó un infierno recorrer el camino de vuelta al hostal. Tenía un pequeño filete de piel rebanado en el dedo gordo, y alguna raja en el lateral del pie. La arena metida en las heridas hacía que cada paso fuera un suplicio. En cuanto llegamos nos duchamos y me limpié los cortes como pude. Durante la siguiente semana no paré de cojear, pero al menos no se me llegó a infectar.

Cenamos en un restaurante que había dispuesto las mesas por toda la arena, casi casi en el agua (algunas olas te mojaban los pies). Intenté disfrutar del momento pero no dejaba de pensar en mi cámara, o mejor dicho, en los recuerdos que había dentro de ella.


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Al día siguiente volví al mismo lugar. Estuvimos horas en el agua buscando la GoPro mientras Brenda hacía submarinismo, sin suerte. Lo que me cabreó fue que por fin vi tortugas y no tenía con qué grabarlas. Incluso le pedí a un tío que andaba por ahí con su cámara que me mandara las imágenes al correo para tener algún registro de lo vivido. El hombre, muy majo, me llevó hasta su bungalow y apuntó mi email. Pero como sabréis si habéis leído el citado post, al final no hizo falta, ya que cuando Brenda volvió de su inmersión -y de casualidad- encontré mi GoPro debajo de un coral. Una noche entera había pasado allí, esperando a que la recogiera.


Para resarcirnos del fallido paddle surf de ayer, volvimos a probar suerte con él, y esta vez sí salió como tenía que salir. Eso sí, no llevé mi cámara. En esta ocasión nos mantuvimos alejados de las olas y pudimos disfrutar con tranquilidad la caída del sol. Fue uno de esos momentos en los que te paras a pensar dónde estás, y te resulta difícil creerlo.

Paddle surf: RP 150.000 9,3 €

Cambio: RP 16.000 = 1€ (aprox.)





El día acabó siendo redondo, pero también triste. Al día siguiente Brenda iniciaría su camino hacia Sulawesi, por lo que ésta sí era la despedida definitiva. Nos conocimos en Yogyakarta y nuestra amistad fue creciendo con nuestros encuentros en Bromo, en Ubud, en Gili... Ahora me resulta difícil imaginarme este viaje sin ella. ¡Quién nos iba a decir que uno de los tesoros que encontraríamos en Indonesia sería de origen peruano!

Cenamos siendo conscientes de que aquella era nuestra última cena con ella, y sí, estábamos tristes. Pero también quisimos celebrarlo, así que tras la cena nos fuimos a tomar unas cervezas y acabamos algo borrachos. En la noche de Gili Air también hay hueco para la "fiesta" moderada, y la posibilidad de conocer a gente interesante. Recuerdo un agradable rato en uno de los chiringuitos, conversando en castellano con una chica francesa y su también novio francés de aspecto jamaicano con apellido vasco. ¡Maldita sea no recuerdo sus nombres!


Brenda no era la única que mañana abandonaba Gili Air, Unai también ponía rumbo a Lombok para conocer en solitario a los Sasak. Yo me quedaría un día más en la isla, a saborear un poco más el ambiente isleño del lugar.

¡Ey chicos! Siempre nos quedará Gili.


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