noviembre 05, 2015

Historia imposible de una GoPro en el mar


Esta es la historia de mi mayor pesadilla... y mi mayor alegría.

Era una tarde preciosa en Gili Air, Indonesia. El sol ya estaba bajo y nosotros alquilaríamos unas tablas de paddle surf para ver el atardecer desde el agua. Con la marea algo baja, las olas rompían con cierta fiereza en el límite coralino. Era conveniente salir del arrecife por un canal tranquilo que utilizaban las embarcaciones. Si lográbamos evitar las olas no tendríamos problema en ponernos de pie sobre la tabla.

En aguas más profundas, sin olas, conseguimos remar de rodillas o incluso de pie hasta la esquina de la isla para ver el sol ponerse. Había una luz espectacular. Bajo nosotros el agua tenía un color azul verdoso que parecía emitir luz propia. Las montañas de corales se dejaban ver entre los dibujos cristalinos de la superficie. Y tanta belleza hizo que pasáramos por alto algo obvio: que la marea nos estaba acercando a la orilla, y por lo tanto a las olas.


Al principio todo eran risas, esa risa tonta que no te deja subir de nuevo a la tabla. Una ola te tiraba y otra detrás volvía a tirarte, y otra más te mantenía en el agua luchando por no perder el contacto con la tabla. Y yo, necesitando dos manos útiles para luchar contra el oleaje, confié en mi pulsera de seguridad y solté el palo soporte de la GoPro. El problema es que esta pulsera no era de fiar, y probablemente al engancharse con algo o debido al mucho uso que le había dado... se rompió. Me quedé con ella en la muñeca, pero no sentí el peso de la cámara. Mi GoPro se hundió. No había más de un metro y medio de profundidad, y el agua era totalmente transparente. Pensarías que habría sido fácil ver el palo azul, sumergirse y cogerla. Pero con las olas, la luz del ocaso y la confusión del momento... fue imposible.

Por si fuera poco, a pesar de que intentaba mantenerme alejado de los corales, el oleaje hizo que mis pies entraran en contacto con el fondo. Llevaba chanclas, pero esto no evitó que mis pies sufrieran sendos cortes (a cuenta de ellos cojeé durante más de una semana). No fui el único. Llamé alarmado a mis compañeros: "¡Mi GoPro! ¡Ey! ¡Mi GoPro! ¡La he perdido! ¡Ayudadme! ¡Buscad por aquí!". Unai, mi compañero de viaje, sufrió varias heridas que incluso se le llegaron a infectar varios días después.

Captura durante el percance con las olas

Llevé las tablas a la orilla, sintiendo la piel rebanada de mi dedo gordo del pie y viendo que brotaba sangre por varias zonas. Pero volví, no podía dejar allí mi cámara y se estaba haciendo de noche. Desafortunadamente, con tanto alboroto, ya ni sabíamos dónde había ocurrido, así que encontrarla con tan poca luz y tantas olas era imposible. Nos fuimos.

Gili Air es una isla muy pequeña, pero el camino hasta el hostal se me hizo eterno. Me resultaba muy doloroso hacer el juego de pie para andar, y me daba miedo que la tierra del camino se me metiera en las heridas. Pero en mi mente pesaba más la idea de haber perdido la GoPro con todo lo que había grabado en ella, y saber que seguía allí, en algún lugar de aquella costa.

Me limpié concienzudamente las heridas y fuimos a cenar mientras me alentaban a olvidar lo ocurrido. Pero yo no podía. No estaría tranquilo hasta la mañana siguiente, porque volvería allí a buscarla. "Es imposible" me decían. "Es el mar" me decían. Y tenían toda la razón, era imposible. Pero mientras estuviese en Gili Air tenía que intentarlo.


Así que a la mañana siguiente nos pusimos en marcha para desayunar y hacer snorkel. Brenda, nuestra amiga, iría primero a hacer submarinismo, y nosotros empezaríamos a buscar. Estuve horas y horas metido en el agua, sin encontrar nada, dando vueltas como un tonto, aprendiéndome de memoria el mapa coralino, repitiéndome a mí mismo "Ya has pasado por aquí antes, idiota". Unai lo dejó mucho antes que yo y se echó a dormir en una hamaca en la orilla. Lo peor es que vi tortugas por primera vez, y no podía inmortalizarlas. Me moría de rabia.

Hay que estar mucho, mucho tiempo en las cálidas aguas tropicales para empezar a temblar de frío. Salí y esperé a que llegara Brenda. Pero me di por vencido. Volvería a entrar con ella, pero intentaría disfrutar del fondo marino y grabaría con la GoPro de Unai.

Brenda llegó, nos pusimos las aletas, el tubo, las gafas... y a disfrutar. No podía cambiar lo que había pasado y me atormentaba el hecho de perder algunos vídeos y de no poder grabar nuestras inmersiones en el futuro viaje en barco hasta Komodo... Pero lo pasado, pasado está, y atormentándome no iba a cambiar nada.
Cuando ya había aceptado esto y buscaba peces de colores, giré la cabeza y divisé algo recto y azul bajo un coral. Lo reconocí al instante. Cerré los ojos agradecido. No podía creerlo pero lo estaba viendo, ahí abajo, medio escondido bajo un coral, el soporte de mi GoPro. Creo recordar que no me lancé a por él. Esperé dos segundos y luego lo cogí. Quería verlo allí y pensar en la enorme suerte que había tenido. No solamente acababa de recuperar mi cámara, sino también los recuerdos que había en ella. Salí a la superficie y se la enseñé a Brenda, que gritó de felicidad tras el obvio "¡No puede ser!". Nos abrazamos como niños que acaban de recibir los regalos de Navidad, y grabé un espontáneo vídeo con la poca batería que quedaba en ella.



Desde aquél día la llamo cariñosamente "la GoPro que pasó una noche en los mares indonesios". Esta anécdota ha dado vueltas entre los viajeros que he conocido durante el viaje, e incluso algunos de ellos se la han contado a otros. Todos coinciden en que es increíble la suerte que tuve.

Foto tras encontrarla

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