abril 05, 2015

Últimos paseos por Antigua y despedida de Guatemala

La última mañana en la ciudad dimos una bonita vuelta por cuadras con encanto que desconocíamos. Iglesias, ruinas, plazas llenas de vida... Fue el último lametazo a una ciudad de la que no nos queríamos despedir. No hay día que no se esté a gusto en Antigua.





Pero tocaba irnos. Tocaba coger un vuelo a la seis de la tarde hacia El Salvador, posteriormente hacia Madrid, y de allí de vuelta a la triste realidad. Nos despedimos de la encantadora Mirella, que al igual que nosotros dejaba Antigua para volver a su país, y don Rafael nos llevó al aeropuerto, esquivando una desquiciante hora pico y dejándonos tiempo de sobra en la terminal para comer y pelearnos con algún que otro guiri idiota.


Foto de mi amigo Asier

En el avión, tuve la suerte de agenciarme un asiento con ventanilla que había quedado libre. La azafata vino a acomodar a una pareja guiri ahí y se encontró con mi cara de niño bueno pidiéndole que me dejara quedarme para sacar fotitos (que a los guiris les jodí las vistas vamos...). ¡Y menos mal que lo hice! El despegue, el vuelo de crucero, y el aterrizaje en El Salvador fueron espectaculares. El sol se escondía ya cuando abandonamos Ciudad de Guatemala, y cortaba las nubes con sus rayos. Los volcanes proyectaban una siniestra sombra rodeada de luz roja. Los colores del cielo pasaban de rojo a azul oscuro por medio de infinitas tonalidades. Y... mejor que lo veáis vosotros mismos:



Bajando hacia El Salvador presencié otra cosa reseñable: el Océano Pacífico. Sueles recordar las primeras veces y ésta era una importante. La primera vez que veía el Pacífico (y no la última, claro), reflejando las últimas y ténues luces del ocaso. Abajo, en la costa, se extendían infinitas playas de arena negra y las olas delimitaban la frontera entre mar y tierra.


La escala en El Salvador fue, para variar, un coñazo. Pedí que me dejaran salir del perímetro de embarque para orinar (dentro de esa zona no había baños), y para volver a entrar tuve que volver a esperar la larga cola de viajeros que se subían allí, y a ser cacheado de nuevo (a Asier le pasó lo mismo, y a otros tantos más).
Pero bueno, eran las anécdotas de un largo viaje de vuelta que no resultó tan agotador gracias a las horas en las que transcurría. Cruzaríamos el Atlántico de noche, y eso nos permitió dormir varias horas.

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Guate fue mi primer paso en América. Un viaje en el que aprendimos mucho y vimos cosas increíbles. Desde los majestuosos paisajes hasta la personalidad de sus gentes. Tuvimos la oportunidad de conocer tanto la cara turística del país como la cara real. Cosas buenas, cosas malas, cosas que hay que cambiar, cosas que hay que conservar. Dos semanas que pasaron como un rayo, pero a la vez fueron exprimidas al máximo y dieron mucho de sí. Guatemala superó con creces nuestras espectativas, y creo que ya nos tiene enganchados. Por mi parte, si no ocurre nada que lo evite, no será mi última vez en América Central. Ese continente guarda tesoros. Ojalá mi próxima visita a Guatemala sea con algunos de los amigos con los que he compartido este viaje. Creo que fue tan especial para mí gracias a ellos. Y los cuatro esperamos poder volver a la tierra de los chapines con Itziar. Gran parte de la genial experiencia se la debemos a ella. Aún tenemos algunas cosas pendientes en Guatemala (y ella también). Suena Petén.
Quién sabe, todo es proponérselo. Por eso no diremos agur, diremos gero arte, ¡hasta luego Guate!

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