abril 04, 2013

Visita a Maya Bay, la playa con la que soñé

La tarde anterior habíamos acudido al puerto para concretar una excursión en un bote de popa larga la mañana siguiente, a una hora temprana, ya que es la única forma de evitar la invasión de turistas. No fue especialmente barato. Si hubiéramos sido más, el bote nos habría salido mejor de precio supongo... Así que a la hora acordada nos acercamos al embarcadero y subimos a bordo de nuestro bote (con un "capitán" muy majo).

Longtail boat a Maya Bay (2 personas): 1600 THB 40 €

Cambio: 40 THB = 1€ (aprox.)


Antes de salir nos avisaron de que como el mar estaba algo picado -demasiado para el longtail boat- en vez de introducirnos en Maya Bay por la bahía nos dejarían en el otro lado de la isla Phi Phi Leh. ¿Mala suerte? Al final resultó ser mil veces mejor. La próxima vez que vaya voy a asegurarme de que nos llevan de la misma manera. Os cuento.

La mayoría de las lanchas con turistas entran en la bahía de Maya Bay (en la película de Leo DiCaprio es una laguna, en la realidad no) y desembarcan en la propia playa. Bajan y ya está. A nosotros nos dejaron en el otro lado de la isla, en la Loh Samah Bay, una preciosa entrada llena de corales y aguas cristalinas. Los botes no pueden llegar hasta tierra porque pueden chocar contra el fondo y porque no hay playa en la que atracar. Los viajeros deben saltar al agua (con todo el material que se quiera) y nadar hasta unas cuerdas y una escalera por las que subir a tierra firme. Así lo hicimos. Nos costó lo suyo, nadar manteniendo las bolsas en la superficie y una vez hecho pie, arañarse las piernas con las rocas mientras las ondulaciones marinas nos empujaban y nos hacían tropezar. Duro pero emocionante. El longtail boat nos esperaría ahí durante unas 3 horas hasta que volviéramos a repetir la hazaña.


Pero aquí no acababan las ventajas de esta ruta alternativa. Una vez superada esta prueba acuática, el caminito se adentraba en una pequeña selva (con campamento restringido incluido) y la vegetación se iba despejando poco a poco según nos acercábamos a la playa, pero era lo suficientemente densa como para no descubrir el paisaje hasta que cruzabas un pequeño pasadizo natural de plantas y te dabas de lleno con la belleza de Maya Bay.


Sinceramente, tumbado en esta arena, mirando este paisaje no podía creerme que yo estuviera allí. Hacía apenas un mes que hubiera parecido imposible verme en esa magnifica playa con la que tanto había soñado, pero allí estaba, finalmente.
Esas tres horas se pasaron volando y, aunque al llegar había relativa poca gente, cuando nos íbamos la playa ya empezaba a abarrotarse de barcos y de turistas con la piel roja. No me quiero imaginar cómo se pondrá aquello en temporada alta. Fue un gustazo alejarse de aquella masificación y adentrarse de nuevo en la selva que nos llevaría hasta nuestra pequeña bahía. Por otro lado, fue bastante traumático despedirse de aquel lugar tan maravilloso. ¡Agur Maya Bay!

Una vez superada la odisea y de vuelta en nuestro bote, el majísimo capataz de la pequeña embarcación nos dejó más tiempo para que hicieramos snorkel por las inmediaciones. ¡Una pasada! Las aguas cristalinas dejaban verlo todo y los peces de colores parecían no temernos en absoluto. Aquí de nuevo, rebotaba en nuestras cabezas una y otra vez: ¡Menudo paraíso!


Y por si esto fuera poco antes de marchar el "capitán" nos animó a sentarnos junto a él y a un compañero de otro bote y nos ofreció una pipa ancha humeante con alguna especie de tabaco en ella. "Marihuana de Nepal" ¡WTF! Nos ofreció varias caladas y la tos salió de mí como un demonio. Los jodíos no paraban de reírse... Fue un rato genial, pero ya era hora de volver a Phi Phi Don.


De vuelta en la isla principal, buscamos un sitio donde comer, y a la tarde aprovechamos para hacer algunas compras por la isla. Un souvenir por aquí, una camiseta de Phi Phi por allá... Más tarde definimos nuestro siguiente plan: subir al View Point. Una subida ardua (aunque con este clima tropical qué no es arduo) en la que había que pagar 20 bahts (si mal no recuerdo) en un puestito a medio camino. Aquí el caso es sacarte pasta. La ascensión al punto más alto de la isla consistía en una escaleras bastante empinadas primero (a cuyos lados se podían ver casitas o algún restaurante con vistas impresionantes) y luego una bonita travesía entre matorrales y palmeras.

Se aprecia la sudada y el cansancio que llevaba encima

Arriba había un bar y demás sacacuartos turísticos... Además de una foto que se hizo desde el mismo lugar justo después del tsunami del 2004. El lugar quedó destrozado. El mar pasó literalmente de un lado a otro del istmo y se llevó todo con él, estructuras, árboles y personas... Da mucho respeto pensar el terror que se vivió aquí y la tragedia acontecida. Valía la pena pararse a pensar en ello un momento, al menos en homenaje a todas las vidas perdidas. Esperemos que no vuelva a pasar en muchos muchos años, en parte porque es un lugar que ya es parte de nosotros y al que ya queremos.


El atardecer allí arriba es una de las cosas más bonitas que yo he visto y vivido en mi vida. Había bastante gente con nosotros, presenciando el mismo espectáculo, pero pocos hablaban, el silencio era algo curioso. Todos observábamos la lenta caída del sol a través de las nubes, ocultándose poco a poco tras la silueta de Phuket en el horizonte. Los tonos del cielo cambiaban de azules a amarillos, a naranjas, a rojos, a violetas... mientras las palmeras se balanceaban al ritmo de la brisa de Andaman. Es algo mágico que jamás olvidaré.


Al fondo la isla vecina, Koh Phi Phi Leh

Mientras desaparecía la luz del sol los animales nocturnos de la jungla que nos rodeaba (mayormente insectos) empezaban a despertar y comenzamos a oir mil y un sonidos de fauna de todos los tamaños. Era hora de empezar a bajar para cenar algo en el "pueblo" y después a "potear" un poco en los chiringuitos de la playa, no sin antes comprar un helado en el bar del View Point :P


Después de ir a por la cena, de camino a la playa, nos encontramos con un hombre local que nos vendía marihuana. El precio nos pareció muy alto e intentamos regatearle (aunque no le hubiera comprado nada... que en estos países no conviene jugar con la droga) y ante su negativa nos despedimos de él, siempre con una sonrisa, al igual que ellos, por supuesto.
En los chiringuitos más mojitos y Phi Phi Holidays, thais con malabares de fuego, más relax y más paraíso nocturno. Hubiera estado allí una semana o toda la vida si me hubieran dejado... Pero había más lugares que conocer, más rincones del paraíso que explorar.

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