abril 01, 2013

La aventura comienza en Bangkok


Hace ya varios años que vi la película La Playa, y aquel fue mi primer contacto con la figura icónica viajera y mochilera que significa Tailandia. Era un terreno extraño, misterioso y arriesgado para mí. Un país, otra cultura, otro mundo al otro lado del planeta, algo totalmente desconocido. Quién me iba a decir que a comienzos de 2012, por mi propia cuenta, organizaría un viaje en solitario al País de la Sonrisa.

Sin la ayuda de Internet o de la guía Lonely Planet no hubiera sido nada fácil acometer esta aventura, y probablemente no lo hubiera conseguido. Así pues, con todas las herramientas necesarias me puse manos a la obra para planear mi viaje a Tailandia. Entre épocas de clase y exámenes, tenía una ventana de 4 semanas aprox. para visitar aquella zona del Sureste Asiático. Al final, mi prioridad fue visitar el Golfo de Tailandia, y empaparme de islas y playas como hace varios años vi a Leonardo DiCaprio hacer. El maravilloso norte del país que me muero por conocer lo dejaría para un próximo (y espero que temprano) regreso.

Con un tiempo límite, y bastante breve, no tenía opción a la improvisación, y aunque no deseaba un viaje muy "teledirigido" tuve que planear cada día, cada lugar que quería visitar, cada transporte... todo desde aquí, porque debía aprovechar hasta el último segundo de tres escasas semanas. Planearlo, que no organizarlo, ya que eso lo hice al llegar a Bangkok.


Así pues, sólo quedaba comprar un billete de avión y llegar a Bangkok. Antes de eso, comuniqué a mi familia -la verdad es que orgulloso de mí mismo- mis repentinos planes. Mi primo se apuntó a última hora, y a mi madre le alivió la vida saber que finalmente no iba solo.

El 7 de Mayo tomamos un avión en el aeropuerto de Loiu que nos dejaría un par de horas en el Charles de Gaulle de Paris antes de comenzar un viaje de 12 horas aéreas hasta la capital Thai.


Llegamos a Bangkok, la Puerta del Sudeste Asiático, y tras hacer los trámites burocráticos y descubrir cómo salir del aeropuerto (se veía que éramos novatos), el calor tropical de Tailandia nos da de lleno y nos encontramos con una ciudad enorme, hasta cierto punto caótica, y muy sensorial. Utilizamos el tren elevado (el BTS SkyTrain) para ir desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad, y nada más bajarnos un falso agente de turismo (o no sé qué decía ser...) nos intenta convencer de que le acompañemos a un lugar para reservar billetes de tren y hostales, porque es época vacacional para la gente Thai y todo estará abarrotado, sobre todo los trenes. Sabía que había farsantes que intentarían aprovecharse de nosotros, pero había algo en esas palabras que podría ser verdad. Al fin y al cabo, teníamos pensado coger un tren pocos días después, así que probamos suerte y fuimos con él a una agencia turística llamada Internal Box Office. Yo era escéptico, pero siempre podría decir "no". Este pequeño trayecto fue nuestro primer viaje en Tuk Tuk.


En esta agencia me aseguré de si podríamos fiarnos. "Somos parte de la Universidad de Bangkok" nos decía el joven que nos atendió, "No somos timadores, todo esto es legal y lícito". Para convencerme me dio un número de teléfono, un número de oficina y su nombre. Los guiris entraban y salían del lugar, así que me arriesgué. Cuando vi que para los billetes de tren hacía varias llamadas buscando camas nocturnas libres, que se esmeraba en su cometido, y que me mostraba los billetes y me explicaba qué los hacía verdaderos acabó por ganarse mi confianza. Le pedí que nos reservara todo lo que nos fuera a ser imprescindible en nuestro viaje y lo hizo en base al itinerario que yo había hecho en Bilbao. El chaval, muy amable, me aconsejó cambios y acortar ciertas visitas para poder tener tiempo para las demás cosas. La verdad es que fue una genial ayuda. Lo que sí es cierto, es que más tarde nos enteraríamos de que nos cobraron unas leves comisiones y que de haberlo hecho por nuestra cuenta paso a paso nos habría salido algo más barato. Pero esto es algo positivo, es algo que se aprende para la próxima vez, y aun así -según nos dijeron luego también- no nos salió en absoluto mal la jugada, ya que era un precio barato y contábamos con la seguridad de tenerlo todo reservado en nuestro primer gran viaje. Pero sí, tengo mucho que aprender del modo de viaje mochilero.


Cuando salimos de allí, incluso nos ofreció un Tuk Tuk para llegar hasta nuestro hostal en Bangkok, el que yo había reservado desde Bilbao: NapPark Hostel. Se encontraba en Tani Road, una calle paralela -mucho más tranquila- a la archiconocida Khao San Road, el centro mochilero de Bangkok. Sin duda este hostal fue una grata sorpresa. Limpio (había que andar descalzo y no se me ensuciaban los pies, así que imaginaos), con muy buena gente, en un ambiente genial, y moderno pero con espíritu tailandés. Abajo tenía una sala común con cojines y colchonetas, donde se podía ver la tele o andar en el ordenador. Todos teníamos unas pulseras electrónicas, y para entrar en las habitaciones había que pasarlas por un sensor para que se abriera la puerta. Dentro estaban las camas con sus persianas separadoras, sus luces y enchufes individuales... las taquillas con candado... Genial.


Allí hice muchos amigos de otros países, con los que -gracias a las nuevas tecnologías- sigo manteniendo el contacto.
A parte del maravilloso tiempo que tuvimos en el NapPark Hostel, teníamos unos días para disfrutar de Bangkok. "Disfrutarlo" entre comillas, porque aunque es una ciudad que engancha, yo no soy nada urbanita y el caos de las ciudades me agobia. Además, el calor de la época en la que hicimos nuestro viaje no facilitaba las cosas. Lo primero que me viene a la cabeza cuando recuerdo Bangkok -a parte del calor- es el olor. Olor a especias y a salsas exóticas que allí puede asustar en un primer contacto, pero que luego se recuerda con mucho cariño.

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Esos días aprovechamos para dar vueltas por la parte antigua de la ciudad, pagar una cara excursión por el río hacia los barrios del extrarradio, conocer el Wat Arun, ver desde fuera el Gran Palacio, entrar a ver el Buda Reclinado y los templos que le rodean...
Una travesía muy light por el "viejo Bangkok", pero muy satisfactoria.

En nuestra visita al Wat Arun nos encontramos con cuatro vascos que habíamos conocido en el aeropuerto de Loiu y que hicieron todo el viaje paralelamente a nosotros. ¡El mundo es un pañuelo! Hablamos un buen rato y quedamos con volver a vernos cerca del barrio chino al anochecer... pero no les volvimos a ver, creo que llevaban "un espíritu viajero diferente".




Tuvimos nuestras primeras experiencias con el regateo para comprar algún que otro souvenir para la familia, y comprobamos que esto y comer en las calles de esta curiosa ciudad es muy muy barato. No pudimos dejar de probar el famoso y rico Pad Thai, aunque no negaré que visitamos una vez el McDonalds de Khao San... Buscamos bichos crujientes con la mirada pero no encontramos ningún puesto de ellos. Otra experiencia más para la próxima vez que visite Tailandia.


Hecho de menos especialmente las noches de Bangkok. Antes de volver al hostal a dormir, se podía disfrutar de una temperatura extraordinaria en la calle. Algunas calles se adornaban de lucecitas alegres y los restaurantes se llenaban de comensales. Se estaba a gusto, muy a gusto. Una de las noches fuimos a cenar con Mieke, holandesa, y Manuel, alemán. Dos grandes amigos. Conversamos de muchas cosas y tras acabarnos los platos y descansar un poco el estómago aprovechamos para ir a hacernos un masaje de pies/piernas. Realmente satisfactorio. Tumbados en hamacas casi en medio de la calle -a ojos de todos los que pasaban- cuatro tailandeses (un par de chicas y un par de chicos si no recuerdo mal) nos masajearon pies y piernas sin pudor a retorcer los dedos o hacernos crujir los huesos. Aun así no llegaba a ser doloroso, ni de lejos. Es un muy buen recuerdo.

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