abril 07, 2013

Koh Phangan, la antaño capital mochilera

Nuestro tiempo en Koh Samui había finalizado y era hora de partir hacia Koh Phangan, la famosa isla que hace más de una década arrebató a Samui el título de gueto mochilero. Koh Phangan (yo lo pronuncio Pañán) es conocida hoy en día por sus fiestas nocturnas de la luna llena (las full moon parties) en las que miles y miles de personas se reúnen en una playa (luego veremos en cuál) para beber, bailar y rezar por amanecer vivo.

Así que nos recogieron en el hotel y nos llevaron hasta el embarcadero de Lomprayah (una empresa con catamaranes ultra-rápidos) en Mae Nam. Allí compramos el billete, nos dieron la típica pegatina para poner en la camiseta y en la mochila y nos hicieron esperar un rato.
Durante la espera conocimos a una andaluza que estaba viajando sola por el Sudeste Asiático. Anteriormente había estado en Sudamérica, viajando en barco por el Amazonas donde contrajo la malaria por culpa de la vacuna y de sus defensas bajas. Todo en solitario. ¡Una viajera a la que admirar! Ojalá recordara su nombre. Creo que ella fue hacia Koh Tao, porque subió en el barco contrario al nuestro. Si algun día lees esto, "mochilera andaluza", nos conocimos esperando en el embarcadero de Lomprayah en Mae Nam, Koh Samui, en mayo de 2012.


Aquí, desde la costa norte de Samui, podíamos observar continuamente la silueta de nuestro próximo destino, ya que ambas islas se encuentran a excasos 13 kilómetros la una de la otra. Estas playas del norte, Mae Nam en particular, eran preciosas. No tenían nada que envidiar a las abarrotadas Chaweng y Lamai pero ganaban en tranquilidad y en que su primera línea no estaba ocupada por resorts y hoteles de lujo, si acaso por pequeñas cabañas de mochileros. Esperemos que esto no cambie pronto.


Ahora sí, nos íbamos a Koh Phangan.
El catamarán de Lomprayah era lo más cómodo en lo que se puede viajar por mar. Los asientos parecían de avión y la velocidad con la que navegaba hizo que recorriéramos esos 13 kilómetros y pico en apenas unos minutos. Era curioso ver por la ventana cómo esta nave cortaba el mar como una cuchilla.

En el embarcadero de Phangan nos recogería una furgoneta del hostal en el que nos alojaríamos: el Hacienda Resort & Beach Club. La furgoneta era una especie de songtaew con los laterales abiertos, así que además de un rápido transporte supuso un agradable paseo por parte de la isla.

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No os dejéis engañar por el nombre del hotel... Es cierto que estaba ubicado en primera línea de playa, que tenía una de esas piscinas que desde cierto punto de vista se difuminan con el mar, que en esa misma piscina había un bar en el que tomar algo mientras te bañabas, que cada habitación tenía su propia terracita... (Uf, va a ser difícil apoyar mi afirmación) A parte de todo eso era más un hostal que un resort (o al menos eso decía su precio). Las habitaciones eran humildes, y en medio de los dos edificios con alojamientos, junto a la piscina, había otro pequeño, completamente abierto al mar, donde se comía o se veía la tele, bien sentado o tumbado en los sofás, colchonetas o cojines que había dispuestos por toda una superficie. Qué cojones, para un turista cualquiera sería poco, pero para mí era un lujazo.

La estructura sin paredes que os comento.


La playa frente al hotel (con estas vistas me da cosa llamarlo hostal)

Esa misma tarde presenciamos cómo una tormenta tropical engullía la isla vecina (Koh Samui, que teníamos justo en frente, ya que nos encontrábamos en el sur de Phangan). Salí a dar una vuelta por los arenales con mi cámara de fotos y en una ocasión tuve que correr a resguardarme bajo una palmera para esquivar la lluvia. El desgraciado de mí volvió corriendo al hotel y llamó la atención de un perro. El txutxo se puso a perseguirme mientras ladraba. Creo que actué bien, me paré, le miré y volvió a la cabaña de la que había salido.


Lo bueno de estas tormentas es que pasan rápido, y mientras pasan, en un lugar tan característico como este mar de islas tropicales, pueden dejarte estampas realmente bellas. Esa noche la tormenta continuó en el horizonte, casi sobre nuestra isla, y nos ofreció un espectáculo de rayos sin parar como pocas veces habíamos visto.

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